Historia del Instituto Emmanuel Mounier Agentina

El INSTITUTO EMMANUEL MOUNIER ARGENTINA quedó formalmente constituido el día catorce de Agosto del año dos mil cuatro, con sede en la ciudad de Córdoba, Argentina. Su Estatuto, que refleja el ideario fundamental de nuestra institución, expresa sintéticamente con estas palabras su principal objetivo: “El IEM-ARtiene por objeto desarrollar una labor de estudio,  difusión y fomento, con obras y palabras, del Personalismo Comunitario, concepción centrada en la dignidad de la persona humana y la solidaridad con los empobrecidos y marginados”. Para el cumplimiento del cual, es prioritaria la formación espiritual, moral, académica, profesional y técnica así como la formación en la vida pública de sus asociados, en coherencia con las propuestas del Personalismo Comunitario. Sus fundamentos y principios pueden verse en el link “¿Quiénes somos?”

La Comisión Directiva del IEM Argentina está compuesta por la Lic. Inés Riego de Moine (Presidente); Ab. Luis Alberto Díaz (Coordinador General); Profra. Laura Ceballos; Maximiliano Isseta; Sandra Heck y Cr. Carlos Moine. Son también miembros del IEM Argentina: Lic. María Isabel Casiva (Mendoza), Lic. Ángela Paredes (Salta), Profra. Erika Briones (Córdoba), Prof. Gabriel Yunes (Córdoba), Lic. Marcela Carreras (Córdoba) y Lic. Ana Pepe (Córdoba).

 Son Miembros Honorarios del IEM Argentina: Prof. Dr. Carlos Díaz (Fundador IEM); Ing. Luis Narvarte (Ex-Presidente IEM-España); Dr. Julio Ayala (Presidente IEM-Paraguay);  Profra. María Julita Pérez (Secretaria IEM-España); el Prof. Dr. Xosé Manuel Domínguez Prieto (Presidente IEM-Galicia); Dr. Carlos García Andrade (Consejo de Redacción Revista Acontecimiento).

Con el artículo que mostramos a continuación quedó inaugurada en la Revista Acontecimiento (Madrid) del IEM España la columna “Desde Argentina” que ya cuenta con varias apariciones. Así quisimos expresar el espíritu con que el Instituto Emmanuel Mounier pretende trabajar en Argentina y para los argentinos.

 

Nace el Instituto Emmanuel Mounier Argentina*

Inés Riego de Moine

Como gustaba decir Don Miguel de Unamuno: “la realidad está hecha de la sustancia de nuestros sueños”.

Contábamos tan sólo con un sueño y con nuestras manos. Pero unidas a las nuestras, estuvieron (y por cierto, lo están) las manos generosas -y también los sueños- de Carlos Díaz y Xosé Manuel Domínguez Prieto, quienes allende los mares supieron sembrar en mi ánimo esa primera semilla luminosa  que posibilitara que el Instituto Emmanuel Mounier se fuera gestando con fuerza y pasión en mis entrañas y un buen día viera la luz pero, como un niño pequeñito al nacer, aún en el claroscuro de una vida incipiente.

Así y todo, ya podemos mirar en él algunos rasgos de su tierna fisonomía. Parafraseando a José Ortega y Gasset, luego de conocer Argentina y convivir con su gente, será éste un IEM “meditado a la criolla” con todas las singularidades propias de este rincón austral del mundo, desde la fecundidad de la diferencia que se hace identidad. Como casi todos los pueblos hermanos de Iberoamérica, padecimos y padecemos el avasallamiento del Norte también en nuestra historia reciente, con guerra de Malvinas incluida, pero también el propio autoavasallamiento, primero con la hemorragia de una guerra fraticida y luego con la mala praxis quirúrgica de la tiranía dictatorial de quienes se impusieran por las armas, lejos de toda legalidad y más lejos aún de toda moralidad. Hoy, tras veintiún años de democracia, somos aún un pueblo felicitariamente sufriente en un escenario plagado de paradojas: con grandes bolsones de miseria, hambre y desocupación en un país que, si quisiera, podría dar de comer al mundo; con terribles equívocos en la libre elección de sus gobernantes, desnortados en su mayoría por ausencia de férreos ideales y por una terca obstinación de inmadurez congénita manifiesta en no querer hacer fruncir el ceño a los poderes económico-políticos del norte; pero también, remarco lo de ‘felicitariamente sufriente’, con una gran reserva moral y espiritual en ese pueblo profundo y trabajador, heredero de la sempiterna tradición greco-romana-judeo-cristiana de Occidente en feliz conjunción con la cultura autóctona, el que día a día forja esa Argentina invisible intrahistórica de que nos hablara en su momento nuestro esclarecido Eduardo Mallea. “Lo que hoy es debilidad - profetizaba Unamuno - será mañana nuestra fortaleza”.

Mas, he aquí la encrucijada raigal que  dibuja nuestra pretendida identidad (o la desdibuja, según se mire): ¿cómo hacer para que ese argentino invisible, cotidiano, habitante del escenario de los valores eternos, de la fecundidad de la tierra, la fábrica y el aula, el trabajo y el esfuerzo, forjador de utopías desde el signo certero de la esperanza, invada pacífica pero tenazmente a ese otro argentino tan real como el otro bien visible, el de la vida política aletargada y aburguesada ausente de su esperable compromiso con el hombre, el de la movida del vértigo posmoderno y el ruido hedonista que ensordece e inmoviliza todo posible atisbo de libertad creadora - y no nos equivoquemos confinando este cáncer a los jóvenes -; el de los señores académicos e intelectuales que sueñan sólo con su ego exponenciado al infinito, como si pensar la realidad no nos exigiera de suyo, si fuera necesario, el dar la vida por las ideas, sin abolir el maridaje profundo entre teoría y acción, entre verdad y vida; el del fantasma cotidiano de la inseguridad en su doble faz: la criminal que alberga los horrendos rostros de lo inhumano humano y la jurídica, que atenta desde lo legal instituido contra lo valioso y virtuoso de lo moral anhelado. Y éstas son sólo una muestra precaria de nuestras lastimosas paradojas.

Sirva esta sintética descripción de nuestro estado de cosas para decir que aquí también, en Argentina, como en cada rincón del planeta, urge la revolución personalista y comunitaria, esa irrecusable conversión del corazón que pidió Jesús a Nicodemo, viendo en él a la humanidad desvalida y pecadora, y que renovó Mounier así como tantos otros personalistas que bregaron (y bregan) no sólo por consolidar en el plano de las ideas y rescatar del olvido un ‘quién’ personal y comunitario, sino por trasladar al plano de la vida humana bien encarnada, la de cada cual, nada más y nada menos que la impronta evangélica, el imperativo categórico de Jesús: “amáos los unos a los otros como yo los he amado”.  Amor, encuentro, donación, trascendencia, compromiso, son los códigos personalistas - ni sentimentales ni utópicos - que impone este mandamiento de eternidad, que lanza a cada ser humano a la potenciación infinita de lo mejor que hay en él para construir comunitariamente la humanidad que aún nos debemos.

Así hemos concebido este mandato emanado de una profunda ad-vocación personal todos y cada uno de los flamantes miembros fundadores del IEM Argentina, pequeño grupo de voluntades aunadas desde una impronta multidisciplinar que fructificará, sin duda de la mano del esfuerzo sostenido, en esa persona de personas mancomunadas tras el ideal personalista. Flavio Borghi, Laura Ceballos, Luis Díaz, Cecilia Huerta, René Aramayo, Sandra Heck e Inés Riego, quien les escribe, convocados un luminoso 14 de agosto  de 2004 por las queridas presencias de Carlos Díaz y su esposa, Julia Pérez, son los rostros esculpidos y escultores de este pequeño IEM argentino que, como todo rostro humano necesitará de la acogida amorosa de todos ustedes, gestores, promotores o simpatizantes de la cruzada personalista, para que nuestra nave recale en el puerto esperanzado de esta porción de humanidad.

 


*Publicado en Acontecimiento Nº 73, columna “Desde Argentina”, pp.5-6, Ed. Instituto Emmanuel Mounier,. Madrid, 2004.