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ACOGER AL OTRO

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Publicado en la edición número Tres

1.     Anhelar, esperar y actuar

“El Reino de Dios es lo mismo que si un hombre echara la semilla en la tierra, y después ya duerma o esté despierto, de noche o de día, la semilla brota y crece, sin saber él cómo” (Mc 4, 26-27).

El objetivo de este breve trabajo no es otro que el de ser un medio más para la realización del Reino de Dios que anunció e inauguró Jesús de Nazaret, y la forma en que pretende servir a ese fin es la siguiente: trazar una visión honda del esfuerzo humano y analizar dos actitudes típicas y tópicas que se pueden tomar ante dicho esfuerzo.

En lo profundo de cada persona anida algo indescriptible que la impulsa continuamente hacia delante, que la hace ser a la vez que le exige que sea, que sea lo que está llamada a ser. Ese hondón de la persona, profundamente dinámico, es como un punto de luz que pide se anule toda opacidad para brillar en el mundo. Somos luz, como afirma Domínguez Prieto, pero lo somos entre oscuridades. Todos estamos en una situación ambigua: hemos sido atravesados por un anhelo de claridad total, de diafanidad y transparencia, de iluminación, pero cada día vemos la limitación de nuestra condición reflejada en el cristal opaco de nuestras oscuridades. Que la luz venza a las tinieblas, ésa es nuestra esperanza; y ésa es nuestra fe, pues la luz ya vino al mundo y las tinieblas no la pudieron detener.

Entre la luz y las sombras estamos, esa es la condición humana, ahí se juega la partida crucial de la vida. Somos para la luz, y lo somos porque en lo profundo somos luz, más allá de nuestras oscuridades. Pero nuestro vivir entre luces y sombras nos hace vivir anhelando, como rotos por dentro reclamando una unidad que se siente como pérdida. Y el anhelo, que es tensión hacia la luz, religación a lo originario, herida religiosa, nos hace esperar. Somos esperanza que camina, pues esperar no es estar parado sino moverse, comenzar a andar, salir al encuentro de aquello que se espera, prepararse para ese anhelado encuentro. El esperar, como dice Zambrano, es un trascender, un estar partiendo siempre en busca de algo.

Ninguna acción humana escapa de esta impronta metafísica, trascendental (en sentido kantiano). Toda acción humana es posible porque somos esperanza de un futuro lúcido y translúcido, en el que no exista opacidad, en el que no haya lugar para la tergiversación, la opacidad y la mentira. Somos esperanza de verdad. De ahí que el esfuerzo humano sea esfuerzo para la luz, esfuerzo hacia Dios que encuentra su condición de posibilidad en Dios mismo. Podemos hacer porque anhelamos estar en Dios, que es la Luz verdadera, infinita y absoluta.

Nuestro sentir más profundo, nuestro sentir originario, es el sentir de esta necesidad, de esta situación: el hombre es un animal menesteroso de plenitud, por eso su menesterosidad nunca se apaga y siempre le impulsa a seguir hacia delante. Impulso, eso es lo humano, impulso hacia Dios. Pero un impulso libre y débil, finito, capaz de encontrar aquello que realmente anhela y capaz de confundir el objeto de su anhelo buscando la plenitud de la luz en las sombras. Somos inteligentes, y por eso podemos ser profundamente torpes. Podemos confundir el sentido de nuestra acción, dirigir nuestros pasos hacia la niebla densa de la mentira, y perder en el juego de la vida por falta de visibilidad. Pero también podemos la luz. De hecho para eso hemos sido hechos para la luz, para la plenitud de la transparencia, para el conocimiento pleno de la Verdad, de Dios. No es algo que dependa de nosotros. Dios lo ha querido así.

Cada acción de una persona es expresión de Dios, pues en cada acción está Dios posibilitando la vida y la libertad a la vez que haciendo de motor invisible de las acciones humanas, que no podrían ser sin Dios, sin el anhelo religioso que las mueve. Lo primero, lo que más hondamente caracteriza a lo humano, es el padecer esta condición con respecto a Dios, esta necesidad que es, a la vez, una tremenda vinculación: el hombre sólo puede ser entendido desde Dios. Lo primero es el padecimiento de la condición, del vínculo, de la necesidad, y lo inmediatamente siguiente es la acción, como respuesta a esta necesidad. Hacer es buscar a Dios, más o menos ciegamente, más o menos acertadamente, hacer es, siempre y en todo lugar, buscar a Dios.

Una buena mística de la acción nunca podrá olvidar esto. Cuando miramos al mundo con sus tremendos desastres, con sus guerras, con su oscuridad, solemos perder de vista esto. Es más, solemos creer que el mundo, por estar como está, está lejos de Dios. Pero no hay nada más próximo al mundo y a los hombres que en él habitan, que Dios. De la misma manera que en el mundo no hay nada que no tenga que ver con Dios. El hombre busca, torpemente, ser. A veces el dolor acumulado, la violencia recibida, o la simple inclinación a la oscuridad, al pecado, hacen que los hombres actúen en dirección totalmente opuesta a la que debieran. Pero esto no quita que cada persona, en su interior, lleve inscrita esta llamada, este sello, esta necesidad de luz que le hace actuar eléctricamente, desarrollando en el mundo toda una gama de acciones mediante las que se busca a sí misma, su verdad.

Lo que ocurre es que en el mundo no hay un solo hombre, sino que somos, hemos sido y esperamos ser muchos. El esfuerzo humano es esfuerzo personal y comunitario porque el anhelo humano de Dios es un anhelo también personal y comunitario. Estamos llamados a vivir como personas en una comunidad luminosa, armoniosa, buena. El esfuerzo por alcanzar esta comunidad, este Reino de Dios que es el Mundo de la Luz y de la Vida, es un esfuerzo comunitario.

El problema, que me parece muy urgente porque afecta al día a día de cada persona, es la actitud que tomamos con respecto a nuestro esfuerzo y, sobre todo, con respecto al esfuerzo de los demás. Pues si es verdad que nos esforzamos gracias a Dios, será necesario también que nos esforcemos como Dios quiere, que por otro lado es como mejor nos viene, pues Dios nos llama a la plenitud, al reencuentro en su luminosidad, en su seno. Y el caso es que, si es evidente que no siempre dirigimos nuestro esfuerzo hacia la luz, es difícil precisar cuál es la mejor forma de modificar esa oscura tendencia. Aquí propondremos una que creemos muy efectiva, y que por otro lado no es nada novedosa: se trata de pasar de la ley a la gracia en lo que se refiere a la acogida del esfuerzo del otro.

 

2.     El hombre ante el esfuerzo del otro: ley o gracia

Es verdad que el hombre es un animal comprometido, pues está metido de lleno en la realidad, y no sólo metido-insertado, sino también pro-metido, es decir, metido en la realidad hacia la Luz que origina e inunda todo. Esa es la situación vital de las personas. Ahora bien, ante la limitación humana que nos hace tender al pecado, a la oscuridad, a la negación de la vida, caben varias actitudes. Aquí las he tipificado, de modo que aparezcan como dos modos de ser claramente contrarios: actitudes de ley y actitudes de gracia.

 

a.     Las actitudes de ley

“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas,

que limpiáis lo de fuera del vaso y del plato,

y por dentro estáis llenos de rapiñas y codicias!”

(Mt 23, 25)

Las actitudes de ley se caracterizan por no reconocer el esfuerzo por ser del otro, por no alcanzar a valorar su realidad. Relacionarse con aquellos que me encuentro en mi vida bajo el signo de la ley es colocarse en un punto de referencia impersonal-ideal para, desde ese punto, juzgar a las personas. Lo característico de la ley es el juicio. Juzgar es la acción básica de quien vive ejercitando actitudes de ley. Los juicios sobre las personas, todos ellos, pueden integrarse en dos grupos, que aquí llamaré juicios-sí y juicios-no. Juzgar a la persona es pasarla por el filtro de la ley. Si tras pasar por ese filtro la persona resulta inocente, podemos decir que ése es un juicio-sí; en cambio, cuando la persona se ve condenada por el juicio realizado, entonces el juicio es un juicio-no, pues supone una negación con respecto a la validez de la persona. Ahora bien, esta distinción es profundamente engañosa, pues no sólo los juicios-no son perjudiciales para las personas, también lo son los juicios-sí, que además inducen al engaño. El problema es el siguiente: en ambos casos se valora a la persona desde una instancia objetiva e ideal con la que la persona nunca puede coincidir plenamente. El juicio con respecto a la ley hace ver a las personas que nunca serán buenas con respecto a ese juicio, que nunca podrán cumplir esa ley, que nunca darán la talla. El juicio tiene como consecuencia segura la condenación del juzgado por parte de quienes juzgan. Además, quien obra por cumplir la ley no obra desde una motivación interior, sino desde la motivación que promueve la sanción que va asociada a toda norma. El incumplimiento de la ley tiene unas consecuencias negativas para el hombre, que sufre sanciones cuando actúa infringiendo las normas. La ley es, por tanto, un no inflexible sobre el esfuerzo por ser de las personas, un fuerte pisotón a su impulso vital, un no a la vida y a la libertad.

La ley es dureza: ojo por ojo y diente por diente. La ley es exigencia. Quien mide a los otros continuamente desde esta ley está continuamente exigiendo, reclamando, juzgando e inevitablemente condenando. Asumimos estas actitudes cuando no paramos de decir al otro lo que tiene que hacer o lo que debería haber hecho y no hizo. Nos convertimos en jueces imparciales, implacables, en caballeros defensores de la ley, a la que damos muchos nombres: responsabilidad, madurez, humanidad, amor. Disfrazamos la ley con estos nombres para aparentar cordialidad, cuando en realidad juzgamos desde un corazón frío incapaz de sentir el sentir originario ajeno, inoperante a la hora de ver en el esfuerzo del otro una auténtica aventura trágica en la que se está jugando la vocación, y en ella la vida. Cuando vivimos desde actitudes de ley solemos juzgar con frecuencia a los demás: “eres un irresponsable”, “nunca haces nada bien”, “no hiciste lo que te dije”, “siempre me haces lo mismo”, “no estás pendiente de nada”, “te lo dije”, “si me hubieras hecho caso”... Todos estos juicios son, en su estructura oculta e interna, del tipo “tienes que ser...”, juicios que critican el ser del otro y no su actuar.

Por eso cuando juzgamos lo hacemos sobre la persona, no sobre sus acciones, transmitiendo la negación de su dignidad y de su valor; nuestra actitud le dice al otro que es alguien incapaz de realizarse como persona. Le recordamos lo malo, nunca vemos lo bueno. Un gramo de imperfección es capaz de ocultar una tonelada de entrega, de amor, de esfuerzo, porque la persona que juzga continuamente está oscurecida por dentro. No transmite la luz que le arde en lo más hondo de su realidad, la tiene como apagada. Pero siempre podemos confiar en la fuerza de la luz, que vencerá a las tinieblas siempre que creamos en ella, que la dejemos pasar, que le abramos una ventanita. La casa de nuestro yo tiene muchas ventanas para que nuestra luz y la luz de los otros puedan iluminar la oscuridad del mundo. Pero es necesario que abramos esas ventanas y dejemos salir y entrar la luz, que pueda también correr el aire. De lo contrario el aire se enrarece y nos comienza a costar respirar.

Quien juzga se asfixia, vive en angustia continua. Porque no sólo juzga a los otros; el juicio de su mente implacable e inflexible (como la ley a la que entrega su vida y la de los otros) recae también sobre sí mismo. Entonces siente lo que hace sentir a los demás: se siente oprimido por el juicio de la ley, siente sobre sí la condena de la exigencia a la que nunca podrá responder. Y lo sabe. Se sabe incapaz y por eso desespera. Y en su desesperanza trata de huir de sí mismo volviendo el juicio otra vez más sobre los otros. Quien vive desde las actitudes de ley vive angustiado, es decir, vive un infierno. Se siente dividido, pues no acepta ser quien es: no cumple con lo que tiene que cumplir, esa ley implacable, objetiva, divina, y por eso no puede alcanzar a amarse. No acepta, claro está, tampoco a los demás, pues no conoce a nadie que coincida con la ley; y se siente continuamente juzgado por los demás: «no juzguéis y no seréis juzgados» (Mt 7, 1).

Cuando vivimos desde actitudes de juicio en sumisión a la ley idolatrada que creemos divina, estamos profundamente pre-ocupados por agradar a los demás siendo lo que creemos que ellos quieren que seamos, no siendo lo que realmente somos. La ley es juicio y condenación. Es exigencia y frustración en el esfuerzo por alcanzar a realizar la propia vocación. Quien juzga se encarga de mostrar siempre lo negativo desde un pesimismo desesperanzado. Las actitudes de juicio aplastan, desde su exigencia farisaica, el esfuerzo humano por ser. Son, por tanto, inhumanas de raíz, en su mismo fundamento. Son farisaicas porque exigen a los demás aquello que quien exige no es capaz de realizar, e hipócritas porque son la realización de la mentira por la ocultación de lo que se es. Quien juzga oculta lo que es porque no es capaz de aceptarlo, de amarlo, y busca aparentar ser lo que no es, ser de acuerdo a la ley a la que presta culto.

 

b.     Las actitudes de gracia

“Bienaventurados los misericordiosos,

porque de ellos se tendrá misericordia”

(Mt 5, 7)

Ante el esfuerzo humano por realizarse, ante ese impulso infinito de la vida que busca su lugar en el seno de Dios, torpe o ágilmente, cabe una actitud diversa a la del juicio. Esta actitud se caracteriza por estar más allá de la ley, que queda desbancada de su trono divino y pasa a ser relativa a la persona. Son las actitudes de gracia, que ponen en el centro a la persona, y subordinan a su valor y desarrollo vocacional las demás realidades, por muy importantes que éstas puedan ser.

Si las actitudes de juicio se caracterizaban por rechazar al otro recordándole sus imperfecciones, su diferencia con respecto a lo ideal-verdadero que era la ley, lo característico de las actitudes de gracia es la acogida incondicional del esfuerzo del otro y en la acogida de este esfuerzo por ser, la acogida de su propia realidad.

Acoger significa amar en lo que se es, abrazar una realidad, valorarla en su dignidad. Acoger incondicionalmente es llevar esta acogida al nivel máximo de profundidad, superando las dificultades que a esta acogida pone toda imperfección humana. La acogida incondicional es una respuesta plenamente opuesta al juicio condenatorio, y además representa la respuesta adecuada y demandada por el esfuerzo humano por ser. El impulso de la vida requiere de esta acogida para progresar, para superarse y orientarse vocacionalmente. Por eso quien vive desde la gracia sobre todo confía en la persona, en las personas, confía en que puedan superar las dificultades que las agobian y angustian, el dolor y el sufrimiento. Quien vive desde la gracia es un hombre de la luz, un hombre que ya ha tenido experiencia de la victoria de la vida sobre la muerte y que, desde esa experiencia, sabe que lo muerto es pasajero y superable, que sólo la Vida permanecerá. Confía porque conoce que en lo profundo, y a pesar de todas las actitudes de juicio y daño que se puedan tomar en la vida, en el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio, como dice Carlos Díaz.  Confía y por eso es capaz de esperar, por eso vive esperanzado. Y esto es ser optimista incluso en la tragedia de la vida, incluso en el núcleo mismo del sufrimiento: ver lo bueno, resaltarlo y potenciarlo. No dejar que las oscuridades nos impidan ver la luz que cada persona está llamada a ser, y en ella a la Luz eterna; no permitir que los dones que Dios regala en cada persona sean desperdiciados en el único lugar en el que pueden serlo: la libertad que elige la oscuridad.

Ser desde la gracia es ser para la luz, y serlo iluminando. Es encontrarse en una situación difícil y no mirar atrás para reprochar los errores, sino poner la propia inteligencia y fuerza en marcha para resolver el problema que se presenta. Quien vive desde la ley vive para reprochar y recordar lo mal que se hizo o que se hace. Quien, en cambio, vive desde la gracia, lo hace para ponerse al servicio del Reino de Dios, cosa que se concreta en resolver los problemas humanos lo más posible y lo más velozmente posible. Da igual cómo ese problema haya llegado a formarse; no es necesario estar siempre buscando al culpable, pues no se puede culpar únicamente a una persona de nada de lo malo que ocurre en el mundo. De alguna forma el mal nos pesa a todos, y nos podemos ver a su servicio en cualquier momento. Culpar a alguien desde una posición farisaica de superioridad moral puede ser un grave error, pues ignoramos qué experiencias y motivos han llevado a esa persona a actuar así. Y no quiero con esto vaciar la responsabilidad personal que carga cada acción humana. Pero esa responsabilidad es comunitaria además de personal, como comunitario además de personal es también el pecado. Se trata de convertirse en punto de reconciliación dentro de la red social, apagando el mal que nos llega y transformándolo en bien que alumbre nuevas posibilidades de humanización.

Si la actitud que corresponde a la vida desde la ley es el juicio, la que corresponde a la vida desde la gracia es el amor. Un amor que es compromiso con la luz, acogida del otro en su esfuerzo por ser, de la fuerza más íntima de su realidad que lo lanza en una búsqueda de Dios fundamental. Quien ama da antes de solicitar, antes de exigir se entrega, y lo que recibe, por poco que sea, lo recibe con agradecimiento; quien vive desde la ley sólo exige y nunca encuentra suficiente.

Vivir desde la gracia es admirase ante la vida, admirarse ante la realidad del otro que me encuentro en mi vida como don, acogerlo como don, potenciarlo, amarlo. Es sentirse afortunado por haber recibido la posibilidad de vivir, por encontrarse con los otros, por ser capaz de amistad, de ternura, de superación, de entrega.

La gloria de Dios es que el hombre viva desde las actitudes de gracia: agradecimiento, confianza, amor, esperanza activa, servicio, alegría. Acoger el esfuerzo del otro en esta tarea de gratificación de la vida es lo que nos corresponde si queremos que el Reino de Dios vaya inundando desde dentro la realidad. Para que su agua brote de la Fuente son necesarias nuestras manos. Para que su luz ilumine el mundo son necesarias nuestras luces: «Vosotros sois la sal de la tierra; si la sal se desvirtúa, ¿con qué recobrará el sabor? Para nada vale ya, sino para que, arrojada fuera, la pisen los hombres. Vosotros sois la luz del mundo. No puede esconderse una ciudad edificada sobre un monte; ni encienden una lámpara para ponerla debajo del celemín, sino en el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así brille vuestra luz ante los hombres, de modo que vean vuestras buenas obras y alaben a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5, 13-16).