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Acoger al Otro (II Parte) Transformar las Relaciones para Transformar el Mundo

Publicado en la edición número Cuatro

1. La morada del hombre

El hogar de la persona es el hombre. Su morada, su lugar, el ámbito en el que se desarrolla su vida, es la humanidad. Nuestra casa, antes que paredes, puertas, ventanas o armarios, está compuesta por sonrisas, llantos, palabras, gestos, ilusiones, frustraciones, esperanzas, angustias, rencores, alegrías, etc. Las cosas son una mediación para la vida, y aunque la vida se desarrolle entre cosas, estas no son la vida ni su contexto real. El contexto real de la vida es el mundo humano, esa red relacional tejida con carne: la sociedad.

Es en este contexto relacional donde el hombre habita y donde desarrolla, en el impulso de su acción, desde su vocación a ser plenamente, toda su vida. Una vida llena de conflictos y tragedias, llena también de alegrías. Nuestras relaciones personales son la clave en la configuración de nuestro hogar humano: si las relaciones son, por ejemplo, injustas, nuestra morada -la humanidad- será una casa en la que las riquezas estarán mal distribuidas; si las relaciones son egoístas, nuestra morada será un continuo conflicto; si, además, nuestras relaciones son violentas, nuestra casa será la guerra. Y, a la inversa, podemos decir que si nuestro mundo es un mundo plagado de guerras, injusticia, etc., es precisamente porque nuestras relaciones son violentas e injustas. Se impone entonces una tarea para todo aquel que quiera vivir en una casa más humana, para todo aquel que desee habitar una tierra nueva: transformar las relaciones para transformar el mundo.

Toda transformación implica necesariamente una renuncia para acceder a algo nuevo que se necesita, que se anhela, que se espera. A su vez, toda renuncia precisa de un conocimiento: conocer aquello a lo que se quiere renunciar, conocerlo y desear superarlo, salir de ello, escapar de su yugo para sentir la liberación y la entrada en un nuevo modo de existencia. Es fácil reconocer que nuestro mundo está enfermo, y que los daños de sus enfermedades nos perjudican a todos, pero es más difícil reconocer la propia responsabilidad en la creación de esas enfermedades. Si la humanidad vive sufriendo el dolor de la guerra, el hambre de la injusticia, la angustia de la soledad, es porque nosotros los hombres contribuimos a crear esas situaciones de sufrimiento. Reconocer esta realidad es el primer paso. Ahora bien, reconocer es conocer dando a conocer a otros que se conoce eso que se reconoce. Es conocer relacionalmente. Pero dar a conocer nuestras miserias -sin lo cual no podemos darnos- y aparecer manchados no nos gusta. Preferimos echar balones fuera e inculpar a otros: el mundo va mal porque otros lo hacen mal; yo no tengo nada que ver al respecto, me lavo las manos. Y, a lo Pilatos, ya nos hemos autoexcluido de la tarea siempre necesaria y urgente de transformar nuestras relaciones para transformar el mundo.

El primer paso, entonces, es el reconocimiento de la maldad que vivimos en nuestras relaciones personales. Sólo después de este primer paso podemos dar el salto hacia un nuevo modo de vida. Pero anterior al primer paso, a la primera acción humana, siempre hay una pasión, el padecer alguna realidad. El paso que comienza a caminar por el nuevo sendero abierto es posible por la apertura de ese mismo sendero, que se abre cuando el hombre siente sobre sí, en sí, una realidad que le invita a crecer. Lo previo al paso es la apertura del camino; el pre-paso, lo que antecede a la acción transformadora de las relaciones personales, es la pasión del Bien, el padecerlo en alguna de sus manifestaciones, el encontrarlo en alguna de sus apariciones, el sentirlo, al fin y al cabo. San Juan de la Cruz lo canta como nadie:

 

“¿Adónde te escondiste,

amado, y me dejaste con gemido?

Como el ciervo huiste,

habiéndome herido,

salí tras ti, clamando, y eras ido”.

 

La transformación de las relaciones personales no se da en un instante, aunque requieren de un instante de decisión para comenzar. A partir de esa decisión se comienza a andar el sendero: nos damos cuenta de que vivimos levantando alambradas. Entonces ya podemos plantearnos algo nuevo, ya podemos comenzar a caminar, ya podemos abrir puertas.

 

 

2.  Levantando alambradas

Dice Fernando Pessoa: “Más terrible que cualquier muro, coloqué rejas altísimas delimitando el jardín de mi ser” (1). Este es el testimonio de una persona que decidió recluirse en sí misma, cerrando todas sus puertas y alzando “rejas altísimas” para guardarse de lo exterior. Cuando vivimos levantando alambradas para delimitar nuestro espacio, nuestra individualidad, quebramos nuestras relaciones personales. Levantamos esas rejas cuando vivimos sólo mirando por nuestros propios intereses, atendiendo únicamente a nuestras razones, dando real importancia y valor tan sólo a nuestros sentimientos...

Vivo desde mis intereses y para ellos, sin tener en cuenta los intereses del otro, cuando hago todo lo que está en mi mano, sin ningún tipo de restricción, por conseguir eso que me interesa. Quien así vive actúa utilizando a los demás, buscando relaciones de conveniencia para acceder a posiciones de poder o a posesiones deseadas. Generalmente actuamos así cuando nos acercamos a personas que ostentan un poder del que podemos sacar algún provecho: ser “amigo” del jefe en el trabajo, o “amigo” del “amigo” del jefe, o aparecer junto a personas “importantes”, o simular intereses y gustos hipócritamente para acercarnos a alguna persona que tenga una posición social, laboral o familiar que envidiamos. Mis intereses son cuasi-absolutos para mí si actúo de esta manera; tan sólo dependen de una cosa: yo. “Yo soy el centro”. Mis intereses son relativos a mí, que soy lo absoluto. Los demás son mediaciones para mi auto-realización, es decir, para mi reinado en el mundo. Cuando utilizamos a los demás para alcanzar nuestros propios objetivos, tratándolos como medios para nuestros fines, estamos tratando de imponer nuestro poder en nuestra morada, en la humanidad. Rebajamos entonces a los demás a objeto, a útil, a medio. No acojo al otro, porque lo utilizo. Y no hace falta irse demasiado lejos para constatar esto. Muchas de nuestras relaciones sociales son de este tipo: tratamos a las personas, y somos tratados por los demás, considerando el papel que cada cual representa, y no la persona que es. Así hacemos, por ejemplo, cuando nos acercamos a la panadería y tratamos a quien atiende detrás del mostrador tan sólo considerando la acción que está llevando a cabo en ese instante. No nos interesa en ese momento nada de esa persona; únicamente queremos conseguir pan, y un intercambio económico bastará para lograr eso que queremos.

Vivir en ese registro impersonal es cosificar a los otros, transmitiendo este mensaje: “me relaciono contigo porque necesito ciertas cosas que puedo conseguir a través de ti; al margen de esas cosas que consigo a través de ti, no me interesas para nada”. Cuando nuestra actitud hacia los otros es ésta, nuestra localización geográfica dentro del mapa humano es clara: estamos en el ego-centro. El ego-centro es ese estrechísimo lugar vital en el que sólo quepo yo: mis intereses, mis cosas, mis sentimientos, mis necesidades, mis gustos, mi cansancio, mi esfuerzo, mi mérito, mi sacrificio, mi dolor, mi alegría, mi enfermedad, mi talento, mi... Todo “mi”, sólo yo; resultado: yo solo. La soledad es la consecuencia lógica del egocentrismo. Quien anula con su actitud a los demás en cuanto que personas, pues las considera como útiles para alcanzar sus objetivos, está cerrando el cerco sobre su propia realidad, aislándose, recluyéndose, encarcelándose: destruye su propia libertad, cuyo único ámbito puede ser la relación humana. Gasta su vida en levantar muros, poner fronteras, delimitar, poniendo a todo lo que puede una misma etiqueta: “mío”. Esta es una de las enfermedades más evidentes de Occidente: quiere defender lo que tiene de quienes no tienen, y quiere tener más de lo que tiene, siempre más, por eso roba y expolia. Si Occidente es así, si esa es su actitud, es debido a que los occidentales viven desde la escala de valores del ego-centro.

Toda persona que vive en el ego-centro se define por lo que tiene, nunca por quien es. Y necesita ampliar lo que tiene, ampliarlo infinitamente, pues busca, como todo hombre, un espacio para ser, un verdadero hogar: busca su Patria, su hogar en el seno de la Vida, pues lo anhela. Pero no lo puede encontrar; su búsqueda es su misma perdición porque comete un error fundamental: quiere llegar a ser teniendo, quiere realizar su libertad mientras se esclaviza a lo que tiene: lo tiene todo pero no se tiene a sí mismo, se encuentra perdido.

Cuando nos encerramos en nuestra esfera impermeable e insensible cerramos también nuestra inteligencia, nuestra razón. La razón es esencialmente dialógica: palabra comunitaria, comunicación. Pero cuando nos colocamos en el ego-centro pretendemos tenerlo todo, también la razón; la queremos para nosotros solos, sólo para nosotros. Tener razón es una de las máximas victorias que un hombre que ansía tener puede alcanzar. Tener razón es tener siempre la última palabra, tener siempre una justificación, no admitir jamás un error, una equivocación, una mala intención. Por eso quien se esfuerza en imponer siempre su razón se queda solo, solo con su verdad. Pero la verdad no es de nadie; más bien somos de la Verdad, le pertenecemos, o a eso estamos llamados.

 

“¿Tú verdad? No, la verdad,

y ven conmigo a buscarla,

la tuya, guárdatela”.

(Antonio Machado)

 

Cuando actuamos desde el ego-centro vivimos desde una escala de valores no universalizable: es imposible que todos nos realicemos de esa manera a un mismo tiempo. Pero esto nos da igual cuando nuestra morada es el ego-centro: los otros no son otros, sino medios para nuestros fines. Y así va el mundo. Nos hacemos daño, mucho daño en muchas ocasiones, y convertimos nuestro hogar en una auténtica selva, una selva “a lo hombre”: una guerra. Quien mejor mueve los hilos sobrevive; quien lo hace peor, es devorado. Nuestro mundo, la configuración y organización de nuestro hogar humano, es el fruto de nuestras acciones. La única manera de salir de esta dinámica de violencia, exclusión y sufrimiento es salir del ego-centro, abandonar la etiqueta que dice “mío”, y abrir las puertas de nuestra persona al otro, para acogerlo como el máximo regalo en su esfuerzo por ser. Tenemos que cambiar de lugar para ponernos en el lugar del otro si queremos transformar nuestras relaciones para transformar el mundo.

 

 

3.  Abriendo puertas

“Quien no está contra nosotros, está con nosotros” (Mc 9, 40).

Abrir puertas es dejar pasar a los demás, abrir el jardín de nuestra realidad, hacernos accesibles a los otros y disponibles para ellos. Abrir puertas es hacer un esfuerzo por superar el egoísmo, tomar en consideración al otro y tratar de comprenderlo, teniendo en cuenta sus necesidades. La principal diferencia entre quien vive levantando alambradas y quien vive abriendo puertas es la actitud hacia el otro: el primero utiliza a los demás para alcanzar sus propios fines, mientras que el segundo vive para los demás porque es capaz de sentir el valor del otro y su vocación a la plenitud.

El mundo se colorea axiológicamente para quien, abriendo las puertas del jardín de su ser, puede apreciar el valor absoluto de la vida humana, la dignidad de cada persona. Un jardín cerrado es un jardín muerto; en él no puede darse la vida, pues no hay luz, aire, ni agua. La luz, el aire y el agua de nuestro jardín son la presencia del otro, presencia que sólo es posible en su acogida incondicional. Acoger al otro es recibirlo en nuestra realidad, en nuestro jardín. Recibirlo tal y como es, con las manos tendidas, la mente atenta y el corazón abierto. Reconocer su dignidad, su valor, sus dones, su “ser-un-regalo-para-todos”, y su vocación. Y para esto es necesario abandonar el ego-centro y buscar otra posición vital, otro lugar geográfico dentro del mapa humano: la comunidad. La comunidad es el ámbito humano en el que se viven relaciones interpersonales positivas, fortificantes, fraternas. Para transformar el mundo es necesaria la voluntad de comunión, que se verifica en el paso del yo al tú y del tú al yo-y-tú, al nosotros, como enseña Carlos Díaz.

Para acceder del yo al tú se hace necesario asumir la realidad del otro, ponerse en su lugar para entender sus actitudes, para compartir sus sentimientos, para atender a sus necesidades, para colaborar en la realización de su vocación. El criterio de actuación varía radicalmente cuando soy capaz de considerar esto, y no únicamente mis intereses, sentimientos o razones. El ego ya no es el centro; el centro, para mí, es el otro. Y es el centro porque es el lugar de mi salvación, el agente de mi rescate: me ha sacado del pozo de soledad en el que me encontraba, ha roto la espiral de egoísmo en la que me veía sumergido, ha abierto nuevos horizontes en mi vida. El otro me rescata en cuanto que su presencia es la única posibilidad de mi des-centramiento y, como tal, una invitación al amor, a la plenitud personal y comunitaria.

Los otros siempre están ahí, pero no siempre están como otros. La modulación de su presencia depende de la apertura de nuestro corazón: en corazón cerrado no entra dignidad humana. Para conocer la realidad del otro en su verdad necesitamos abrir el corazón, que es nuestro centro vital-relacional. Abrir las puertas de nuestro corazón: esa es la condición para poder ver, para poder sentir al otro. Entonces aparece el otro realmente en cuanto tal, el otro como alguien que me llama.

Quien vive abriendo puertas se rige por una escala de valores universal. Dicha escala de valores tiene en su mismo centro, como fuente axiológica, a la persona humana: nada es más importante que cada persona. Ninguna norma tiene sentido si atenta contra su dignidad. Tampoco tiene sentido ningún precepto religioso: “El sábado está hecho para el hombre y no el hombre para el sábado” (Mc 2, 27). La persona es el centro de centros axiológico, y su valor es un valor cobrado, recibido; le ha sido dado por Dios.

Tomar la posición vital del otro cuando se aprehende su dignidad es una necesidad, no un capricho. Pues la dignidad llama al amor, única actitud humana que responde adecuadamente a tan alto valor, y el amor es exigencia y compromiso en la gratuidad del don recibido. Así, quien abre su corazón y acoge con amor al otro puede invertir el pensamiento egocéntrico siguiendo el sendero del mandato de Jesús: “Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos” (Mt 7, 12). En realizar esta inversión está la clave para invertir el signo de nuestras relaciones interpersonales e invertir el rumbo del mundo. Que el hijo se comporte tal y como él quisiera que, siendo él padre, su hijo lo hiciera; y que el padre haga lo mismo. Que el maestro trate de ser el mejor maestro, aquel que él siempre deseó tener cuando fue alumno; y que cada alumno intente ser el alumno que él mismo desearía tener si fuera profesor. Que los que ostentan algún tipo de poder tratasen a quienes se encuentran bajo la fuerza de su acción (económica, política, científica, educativa, militar, familiar, etc.) como a ellos les gustaría ser tratados si ocupasen la posición de estos. Eso es intentar actuar desde una escala de valores universal, y eso es transformar el mundo. Siempre podemos confundirnos al intentar tomar la posición del otro, pero lo importante es dar el paso, pues la confusión siempre puede ser resuelta a través del diálogo. A lo mejor un profesor no ha sabido imaginar bien el tipo de profesor que a sus alumnos les hace falta, el que sus alumnos necesitan para crecer como personas. Pero lo que cuenta es que ese profesor no ama el ideal de profesor que ha imaginado, sino que ama a sus alumnos, y este amor le hará modificar el ideal de profesor que persigue y el profesor concreto que es hasta aproximarlo lo máximo posible a lo que sus alumnos necesitan. Lo que importan no son mis intereses particulares, ni mis posesiones, ni mis ansias de poder; importa el otro, y por eso cuando tomamos esta perspectiva hemos escapado de la soledad.

Y también de la guerra. Para romper la cadena de violencia que somete a la humanidad a la guerra estamos llamados a ser núcleos de perdón, luces reconciliadoras que alumbren las tinieblas del rencor. Que en nosotros se apague el odio, que nosotros seamos un rotundo punto y final para el mal, para el rumor, para las malas palabras y las malas obras. Nunca seremos capaces de realizar esta retención del dolor si no estamos hondamente anclados en Dios, quien todo lo reconcilia y restituye. Esta reconciliación-restitución es resurrección: allí donde llegó la muerte y reinó abundantemente, apareció la gracia en forma de vida resucitada sobreabundante, abriendo las puertas de la nueva humanidad, un hogar de paz y bien, de amistad y solidaridad, una morada por fin humana.

 

 

4.  La puerta del Reino de los cielos es la Cruz

“Le escupieron la cara y, quitándole la caña, le pegaron en la cabeza.

Después que se burlaron de él, le quitaron el manto,

le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar” (Mt 27, 30-31).

 

Jesús es Dios poniéndose en el lugar de los hombres. Es el máximo cambio de perspectiva, la máxima alter-ación (acción por el otro) que se puede llevar a cabo. En ella lo infinito, lo omnipotente, se autolimita encarnándose para tomar la posición de los hombres y para dialogar con ellos. El diálogo sólo es posible desde la apertura, y ésta es el inicio de la acogida incondicional del otro. Acogida que exige un previo ponerse en el lugar del otro para poder entenderlo. Jesús es Dios poniéndose en nuestro lugar, asumiendo nuestra condición, nuestra carne. Su acción por nosotros, su alter-ación, es encarnación.

Desde esa posición, desde ese ofrecimiento de sí que Dios lleva a cabo en la persona de Jesús, desde ese nuevo “lugar”, puede rescatar al hombre de su soledad y hacerlo partícipe de su riqueza ontológica, de su fuerza vital (Espíritu), de su modo de ser. Su modo de ser, que es su vida comunitaria-trinitaria, es lo que nos ofrece en su venir a nuestro encuentro: una ofrenda de amor, una ofrenda de sana relación interpersonal. La llegada de Dios al universo humano, su encarnación, es el presupuesto real de la posibilidad de salvación para la humanidad. Si Dios no se pone en nuestro lugar, si no se acerca y nos abre su corazón ofreciéndonos una nueva forma de relacionarnos, una nueva forma de ser hombres (hombres nuevos), no hay salvación posible.

Dios en la cruz, Jesús de Nazaret colgando del madero, es la máxima expresión del ponerse en el lugar del otro, asumiendo plenamente su condición hasta el límite final de su sufrimiento, hasta el fracaso absoluto de su esperanza: hasta la muerte.

Dios ha acogido al otro, que es el hombre. Lo otro que Dios es el hombre, y Dios ha acogido lo humano hasta su mismo fondo trágico: ha compartido la alegría y el dolor, ha experimentado el sufrimiento en su carne: ha sido hombre. Se ha puesto en nuestro lugar y ha acogido en el fondo infinito de su vida de amor nuestra realidad herida. Con ello nos ofrece sanación, transformación; nos ofrece un nuevo modo de ser persona, un nuevo modelo relacional de amor, de verdad y transparencia. Y con ello nos ofrece un nuevo mundo:

 

“Paz a vosotros” (Lc 24, 36).

 

 

5.       Hijos y hermanos

¿Quién es el otro? El otro es mi hermano. ¿Y quién es el Otro? El Otro es mi Padre. Y es sólo a través del Otro y de los otros que yo descubro mi identidad personal, el fondo profundo de mi realidad: soy Hijo de Dios y hermano de los hombres. A través de los otros se me revela mi propia persona. Los otros son el ámbito privilegiado de revelación de la verdad.

El mundo en el que el otro me aparece como un extraño, como alguien distante y peligroso, este mundo que tanto nos aterra por sus tremendas contradicciones, por la presencia macabra del mal, ese mundo está llamado a ser hogar de una familia universal, de una humanidad fraternizada mediante la fuerza del amor. Amor que es entrega por el otro, por su bien y por su realización. Amor que es confianza en Dios, fundamento de la esperanza que nos impulsa, alienta y sostiene, para que continuemos en la labor de alumbrar y sanar.