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ALBERTO WAGNER DE REYNA IN MEMORIAM

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Publicado en la edición número Tres

Es de bien nacidos ser agradecidos. El pasado 9 de setiembre de 2006 dejó este mundo don Alberto Wagner de Reyna, una personalidad peruana de gran relieve para la cultura iberoamericana, cuyos perfiles permanecen aún poco definidos por su familiaridad y cercanía a todos aquellos que tuvimos la suerte de experimentar su benéfica influencia como maestro,  pensador,  experto en relaciones interpersonales, diplomático e impulsor de sabias iniciativas universitarias.

El  tiempo se encargará de facilitar la distancia necesaria para ver su figura con la necesaria nitidez. Asimismo, el estudio sosegado de sus obras proporcionará herramientas para cincelar los rasgos de sus aportes filosóficos, dedicados particularmente al mundo hispanoamericano, los cuales hace falta reunir en ediciones de obras completas.

Tengo la certeza de que estamos ante una personalidad importante y polifacética, pero también soy consciente de que falta integrar debidamente sus ricas facetas. Me encuentro en esa tesitura. Sin embargo, su rápida partida desde París a la eternidad, pone delante la obligación de dejar por escrito algunas líneas de homenaje en señal de gratitud al maestro.

Así, acepto gustosa la invitación de Inés Riego, directora de la Revista “Persona”, editada por el Instituto Emmanuel Mounier de Argentina, para publicar en esa revista digital un artículo mío en memoria de don Alberto. Voy a evocar, pues, rápidamente, los años 1962-1966 en la vida cultural limeña desde la óptica de una estudiante universitaria. En una vieja casona del Centro Histórico de Lima, perteneciente a la familia de José de la Riva Agüero, funcionaba el Centro de Altos Estudios de la relativamente joven y Pontificia Universidad Católica del Perú. Entre los alumnos con más inquietud intelectual, la biblioteca y el ambiente de esa señorial casona, ejercían gran atractivo. Pero también la fama de los Seminarios de las disciplinas humanísticas, a los cuales sólo los profesores  invitaban  a participar de ellos.

Un buen día fui convocada para al Seminario de Filosofía. Asistí con cierta curiosidad y recuerdo bien una gran mesa ovalada, en la cual el asistente del Director nos explicó el sistema de funcionamiento del Seminario. Todos los alumnos ocupábamos un asiento alrededor de esa señorial mesa y a partir de entonces asistimos a reuniones semanales, comentando en ellas varios diálogos de Platón. Para mí esas reuniones fueron decisivas pues descubrí la Filosofía y a ella he dedicado mi vida profesional.  Sin embargo, no tenía claro entonces quién era el Director del Seminario ni coincidí con él en alguna esporádica sesión que presidió. Lo supe tiempo después: era Alberto Wagner de Reyna.

En el patio de Letras de la Universidad conocí a una condiscípula mía cuyo nombre era Rosa Wagner de Reyna Grau y trabamos amistad. Recuerdo bien que un buen día nos invitó a su casa a un grupo. Asistí encantada, era relativamente cercana a mi propia casa en el Olivar de San Isidro, y pude ver desde el jardín adonde nos reunimos, una estantería de pared a pared, repleta de libros. Entre nosotros corrían algunos comentarios: el padre de Rosa ha sido alumno de Heidegger; conoce a Husserl, domina el griego tan bien como el alemán, es un brillante diplomático, entre otros.

Pocos años después uno de los asistentes del Director del Seminario de Filosofía me pidió leer y comentar a un grupo de alumnos más jóvenes que yo, un librito de formato pequeño, editado en Lima el año 1949, que yo no conocía: “La Filosofía en Iberoamérica”. Su autor era Alberto Wagner de Reyna. Recuerdo bien el impacto de su lectura, el interés que despertaron las cuestiones allí planteadas y cómo las comentamos y discutimos entre ese grupo de jóvenes.

A la vuelta del tiempo, cuando en el año 1998 me incorporé a la Sección Filosofía del Instituto Riva Agüero, tuve a mi alcance diversas publicaciones, entre otras, las Memorias de Alberto Wagner de Reyna (1), las cuales me sirvieron para perfilar mucho más el conocimiento de don Alberto y de su fecunda vida. Alrededor de esas fechas, un buen día, recibí de París a Piura, adonde vivo y enseño filosofía desde 1969, un correo electrónico de don Alberto.  Me reconoció como una ex alumna suya, y he tenido la suerte de recibir sus publicaciones recientes y a mi vez enviarle las mías a París, las cuales han obtenido la ganancia de valiosísimos comentarios de su parte.

Mirando hacia delante pienso que corresponde a quienes le conocimos acoger la herencia cultural que nos ha legado y trasmitirla adecuadamente. La profesora Judith Botti, Presidenta de la Sociedad Argentina de Filosofía, lo decía bien, en unas líneas electrónicas recientes que me ha enviado y que cito a continuación: “Ustedes han tenido el privilegio de tenerlo como hijo de esa hermosa tierra que no he tenido el gusto de conocer. Nosotros los argentinos el de haberlo acogido y publicarle los últimos libros que constituyen su testamento” y ha tomado la sabia determinación de editar un libro en homenaje a Alberto Wagner de Reyna.

 

Piura, Perú, 30 de agosto de 2006.