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CLIENTELISMO Y JUSTICIA

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Publicado en la edición número Tres

En estos años últimos del posperonismo se ha ido acentuando la tentación clientelista. Antes que los cambios drásticos en la distribución de la renta, antes que la restauración de la soberanía sobre los recursos estructurales de la economía, antes que modificar la tendencia neoliberal al crecimiento con altísima desigualdad, se ha ido imponiendo como desideratum político la mera permanencia en el poder a través del reparto sistemático de bienes en las instancias electorales. Bienes obviamente adquiridos con los recursos del Estado, esto es con el dinero de los contribuyentes. Y hecho a través de una trama compleja y eficiente de caudillos, caudillitos, punteros y punteritos. La eficiencia aludida resulta demostrada por un hecho elocuente. Allí donde hay intensas pobreza y desempleo, marginación y analfabetismo, como en todas las provincias, esta técnica clientelista permite, con alguna rara excepción, ganar holgadamente las elecciones. En la Capital Federal, donde los bolsones de pobreza son más reducidos y hay una mayoritaria clase media independiente de la asistencia prebendaria del partido gobernante, sus candidatos no son los primeros ni los segundos a la hora de contar los votos.

 

Clientelismo de segundo grado

Esa trama eficiente de dominación clientelista sobre las mayorías empobrecidas, desempleadas, y analfabetas o desalfabetizadas de las provincias está al alcance del gobierno de turno, es decir pertenece al Partido Único del Poder, quien la expropia con facilidad al grupo gobernante anterior mediante el uso precisamente de la misma materia prima,  el dinero público, a través de una suerte de clientelismo de segundo grado. Allí están los mil y un intendentes, concejales, diputados y senadores y sus interminables legiones nepotistas, sus “ñoquis” inextinguibles, los  beneficiarios numerosos de sinecuras y canonjías burocráticas y legislativas. Todos ellos con “lealtades”  transferibles, casi automáticamente actualizadas, puestas al día y al mejor postor, rápidamente endosadas al nuevo tenedor ocasional. Por otra parte, la ostentosa, y hasta jactanciosa, captación de un legislador más, en el esperpéntico caso “Borocotó”, ha producido una situación límite de mutabilidad, una suerte de apoteosis del oportunismo que parece una tardía invasión del realismo mágico literario  sobre el campo de la política partidocrática, junto a un espectáculo degradante de saltimbanquismo político-circense.

Es la plasticidad extrema,  en el más amplio sentido de la palabra, la flexibilidad total, de la clase política del Partido Único del Poder. Sus miembros son como bienes fungibles en manos de quienes pueden, preferentemente en las proximidades electorales, realizar unas formas típicas del abuso de poder.

 

Entretenimiento de la pobreza y Lumpenproletariat

El clientelismo necesita de la pobreza. No osaría llevar adelante políticas que produjeran la reducción significativa de ella. Sería una conducta autodestructiva. No ataca a la pobreza. La mantiene y la perpetúa. Es un entretenimiento ilimitado de la pobreza. Requiere la pasividad,  la abulia y la inferiorización del indigente al que años de penuria le han quitado energías para reaccionar activa, altiva, productiva o creativamente. El  clientelismo es perfectamente complementario a la existencia de  un vasto Lumpenproletariat.

Como se sabe, este concepto fue introducido por Marx y Engels en la obra conjunta La Ideología Alemana,de 1845, y usado por el primero en El Dieciocho de Brumario de Luis Bonaparte, de 1852, para referirse al segmento del proletariado que se comporta de un modo improductivo y regresivo, aliado implícito de los sectores dominantes, y es desperdicio o rezago de todas las clases productivas, como expresa en esta última obra. En último análisis, transpuesto al presente, es la marginalidad social  dependiente para su subsistencia del asistencialismo gubernamental. Es que en nuestros días el clientelismo no se limita a usufructuar el Lumpenproletariat existente. Es promotor de nuevas capas de lo mismo. El clientelismo que  aprovecha del lumpen es asimismo generador de más de esa misma sustancia. El clientelismo  es en sí mismo lumpenizador, difunde marginalidad, la acrecienta y la aprovecha.

Nadie podía imaginar a mediados del siglo XIX que esa marginalidad, la pobreza y el desempleo sin horizonte, podía constituir una parte decisiva de la población electoral. Dicho de otro modo que el tamaño del “margen” fuera mayor que el “centro” del espacio social. Es el producto de las políticas neoliberales que en lo sustancial no se quieren cambiar, como no cambian tampoco los servicios públicos privatizados, algunos subsidiados “generosamente”, la enajenación de Y.P.F., el trato privilegiado y reverencial al Fondo Monetario, la minería expoliadora y contaminante y el menemismo estructural y residual que nadie cercano al poder se atreve a cuestionar y menos a aun a modificar. Antes bien, el futuro inmediato le propone a los argentinos una ‘repsolización’ también del petróleo de la plataforma continental. Esta vez a través del nada sorprendente artilugio de Enarsa.

No se discute que la economía crezca. Y a un ritmo importante, como es el 8 o el 9 por ciento anual. Sin embargo,  es preciso afirmar que sigue en la Argentina, como en los años 90, una concepción de ese crecimiento, un tipo o índole de enriquecimiento, que incluye muy centralmente  la acentuación de los desniveles entre sectores y consiguientemente una marcada  injusticia social. Es lo que demuestra un notable estudio reciente coordinado por Claudio Lozano y que se difundiera por correo electrónico en los últimos meses del 2005. Se dice allí que el actual proceso de crecimiento no sólo no resuelve sino que expande la desigualdad distributiva. Considerando la participación de los sectores populares en el ingreso durante el primer semestre del año 2005, se observa que ella se ha reducido en 1.1 puntos porcentuales en relación a finales del 2004, e incorporando los ingresos percibidos por los jubilados esa reducción se agrava pasando del 24,2 % a finales del 2004  a 23% a mediados del 2005.

 

Justicia Electoral

Una reciente sentencia del Tribunal Electoral recuerda que “las prácticas clientelares -entre las que se encuentra la denominada ‘compra de votos’- conspiran precisamente contra la expresión de la libre voluntad que constituye un presupuesto indispensable del ejercicio del sufragio” (1). También señala que “el concepto general de clientelismo político esta acotado en nuestra sociedad a una mera permuta de favores entre jefes partidarios y potenciales electores provenientes en su mayoría de clases bajas y desamparadas. Sin embargo, la lógica del poder  que responde a su raíz profunda va más allá de un simple  intercambio de mercaderías por votos. El esquema desplegado es mucho más complejo y aquél es, en última instancia, el resultante final de una larga cadena” (2). Recuerda asimismo que “la compra de votos se presenta entonces como la practica típica del clientelismo político-electoral, pues - aun cuando aquélla puede
presentarse como fenómeno autónomo - éste constituye  su contexto natural.
En efecto, ésta ha sido definida como el mecanismo en el que los  votantes
son ‘sobornados’ para que se comprometan a un particular y determinado
comportamiento electoral” (3).

Se trataba de una denuncia por prácticas de adulteración electoral en las elecciones internas de un partido político, que la juez federal electoral de la Capitalhabía desestimado, y que la Cámaraelectoral le ordenaba continuar investigando. Este tribunal está integrado por los jueces.: Rodolfo E. Munné - Alberto Ricardo Dalla Vía - Santiago H. Corcuera.

Sin perjuicio ni desmedro de esa excelente sentencia de la Cámara NacionalElectoral, en el estado actual de las cosas, no se pueden alentar expectativas sobre una corrección judicial del clientelismo. La referida cámara actúa como tribunal de apelaciones respecto de las decisiones de los jueces electorales de primera instancia, quienes, como se sabe, son hijos notorios del poder, y tienden a consolidar la técnica del hecho consumado y del dejar hacer. Por otro lado, el matonismo prelectoral, sobre todo en los sectores más desfavorecidos de la sociedad, aleja la posibilidad de denuncias oportunas y documentadas de las conductas clientelistas.

 

Reforma

Para que pueda funcionar un control judicial del clientelismo, hace falta una reforma drástica de la justicia electoral. No es que falten normas, tanto en el derecho comparado como en la legislación local, como lo señalan los jueces del tribunal cuya sentencia mencionamos. Es en el momento de la vigilancia inmediata, de la comprobación oportuna, de la aplicación efectiva y circunstanciada de esas normas, -del “enforcement” de los anglosajones-, donde se produce la gran laguna sobre la que flotan los usos y abusos destructores de la autenticidad electoral.

Esa reforma implicaría algunos elementos que parecen esenciales. Por un lado, la justicia electoral. Los jueces con competencia en la materia deben ser designados a través de un procedimiento que de ningún modo incluya miembros de la clase política. Ni representantes del ejecutivo, ni de las cámaras legislativas, cuyas mayorías son prolongación automática de la voluntad de aquél, deberían integrar el Consejo de la Magistraturaen ocasión de tratar esas designaciones.

Por otra parte, a los de primera instancia es necesario dotarlos de unas facultades muy precisas y amplias para controlar, sobre el terreno, las etapas preelectorales desde el mismo comienzo de éstas. Lo cual no se podrá practicar sin otorgarles el auxilio de una también amplia dotación de veedores judiciales, competentes, decididos, y comprometidos con el bien público, capaces de comprobar y documentar, -sin prescindir de los modernos elementos audiovisuales-, las infracciones a las normas represivas de la compra o permuta de votos a cambio de bienes de toda especie, lo cual en la última elección ha avanzado hasta los electrodomésticos de un costo considerable. Sería decisivo que una institución prestigiosa como la Federación Argentinade Colegios de Abogados quedara asociada por ley a esta tarea, y fuera ella la que en cada rincón del país asumiera la responsabilidad de proponer a los jueces electorales la designación de esos veedores con amplias facultades para realizar todos los actos probatorios de las conductas de falseamiento electoral. También debe protegerse de represalias a quienes denuncian esas prácticas, mediante los mecanismos procesales conocidos que ayudan a la preservación de algunos testigos.

 

Otra demorada reforma

Lo dicho antes tal vez pueda resultar insuficiente si no se encara de una vez la tan postergada, y obviamente tan temida,  reforma  política.

Un aspecto de ésta debe crear mecanismos que hagan a la rectitud cívica, a la decencia ciudadana, y a la transparencia efectiva de los partidos, sus elecciones internas y la confección de sus listas electorales. Y es importante que esta reforma avance sobre un aspecto decisivo del clientelismo. Éste sería mucho más difícil si la formulación del presupuesto nacional y de los presupuestos provinciales, y sobre todo  su ejecución, fueran tales que el uso de los dineros públicos para comprar votos o conciencias tendiera a ser muy difícil, o muy arriesgado ante severas normas represivas. Los actuales presupuestos con partidas difusas, de una gran generalidad, o partidas de una dimensión exorbitante, como las que recibe la S.I.D.E., y la total falta de control parlamentario sobre la conducta del poder ejecutivo en el uso de esas partidas, por la existencia de esas mayorías legislativas servilmente adictas, son fuentes precisas del clientelismo, con la consecuencia de una democracia que tiende peligrosamente a perder, también, legitimidad de origen.