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EL PERSONALISMO, ACOGIDA DE VOCES

Publicado en la edición número Trece

Con la alegría de presentarles el tercer número de PERSONA, quiero expresar un agradecimiento especial a cada uno de nuestros colaboradores que con su esfuerzo generoso hacen de nuestra Revista una realidad tan virtual como real, aportando desde la propia identidad narrativa su voz y su personal luz al polifónico concierto del personalismo. La diversidad de temas, de enfoques y de autores abordados en este número parece tan amplia y pluriforme que cabría hacernos la pregunta: ¿es todo esto personalismo?, ¿caben en su criterio los artículos sobre el Quijote, Jesús de Nazaret, la sanación o la poca fe?, ¿con qué vara los medimos?

Al diseñar su ‘árbol genealógico personalista’ - inspirado en el conocido arbre existencialiste de Emmanuel Mounier -  Carlos Díaz nos enseña con verdad que el personalismo “es un árbol vivo y en crecimiento, que ha de agrandarse y multiplicarse enraizándose más y más. (…) Es el gran baobab a cuya sombra centenaria y frondosa relata el pueblo su propia memoria histórica, su traditio, su entrega de relevo, mientras se va produciendo el reverdecer de nuevas yemas que han de servir para cada época. (…) Nunca algo que simplemente fue, siempre algo que nos hace ser. Nada sería, en fin, más falso que encerrar dentro de un fanal o cercar el árbol del personalismo tratándolo como el árbol de una escuela o de una doctrina” (Qué es el personalismo comunitario). Contamos, pues, con una única fidelidad que es la fidelidad a la verdad que se expresa en tantas voces, libre de dogmatismo y doctrina pero atada a una misma premisa rectora: reivindicar la centralidad y dignidad de la persona en todos los terrenos, estructurando un pensamiento en torno a ella y combatiendo por ella.

La investigación personalista contemporánea, nutrida de la savia vivificante de su traditio, no podrá por ende olvidar sus raíces cristianas ni desconocer que Jesús de Nazaret fue el primer personalista de la historia, que nos llamó a la metanóesis del corazón y en tanto humano testimonió las encrucijadas y vivencias de todo hombre, labrando en aquel humus salvífico las categorías éticas y antropológicas con que construimos hoy nuestro discurso personalista. ¿Podríamos acaso hablar de la persona como don y relación, del amor como su esencia y mandato, de su libertad como destino y gracia, de su vocación de eternidad y comunidad, más un largo etcétera, sin el paradigma inmortal del nazareno? Asimismo, y desde la literatura hecha icono de pensamiento y vida, nos mira con su paternidad hispanizadora la figura del Quijote que supo dialogar con la modernidad naciente encarnando la lucha apasionada por el ideal y el valor, por la razón cálida y cordial, apuntalando un renovado formato de humanidad de la que el personalismo es heredero fiel, tanto en ideas como en compromiso y vitalidad. Me pregunto si habría personalismo que hablara español sin su estandarte de sueños esparcido por el cielo de la Iberoaméricapensante.

Siguiendo esta línea reflexiva, me he preguntado también si estaríamos hoy hablando de personalismo en lengua castellana sin la siembra silenciosa de sus pioneros como lo han sido y lo son los profesores Pedro Laín Entralgo y Alfonso López Quintás, quienes supieron adaptar creativamente en estilo filosófico español lo esencial del pensamiento dialógico alemán y francés, tal como lo acunaron sus principales progenitores, Martin Buber, Ferdinand Ebner, Franz Rosenzweig, Emmil Brunner, Gabriel Marcel, Romano Guardini, Jean Lacroix y Maurice Nédoncelle, “cuyo rasgo decisivo - en palabras de López Quintás - viene dado por su voluntad de ajustar el estilo de pensar al modo peculiar de realidad que ostentan las realidades personales. Ese ajuste - que implica una verdadera metanoia o conversión -intentaron realizarlo mediante el cambio del esquema mental ‘yo-ello’ por el esquema ‘yo-tú’” (“La intimidad personal. Qué significa y cómo es posible”, artículo que publicamos en este número de Persona). Imposible sin ellos nuestra pretensión de cultores del personalismo iberoamericano. Por tanto aporte clarificador y por tanta savia dialógica, pedagógica y creadora plasmada en su obra, va mi agradecimiento especial, en nombre de todos, al profesor López Quintás que honra nuestra Revista con su palabra.

Si la historia del personalismo se remonta al escenario de aquel ‘logos hebreo’ simbolizado en la hesed we’emet - amor y fidelidad - con que el Dios único se revelaba como amigo del hombre inaugurando el camino del diálogo y el encuentro interpersonal, si tras estas centurias el logos agapeizado cristiano continúa insuflando vida y sentido al pensar personalista, no cabe duda que ese mismo amor y esa misma fidelidad se proyecta hoy a la investigación contemporánea confiriendo su unidad en la verdad a la legión de voces diferentes que aportan su cuota de comprensión y hondura personal, por pequeña que sea, a la identidad nunca clausa del movimiento personalista. Hay que pensar que la revolución del corazón querida por Emmanuel Mounier supone también concebir al personalismo como acogida de voces cuya eufonía dependerá en buena medida del diálogo en altura y apertura que sepamos construir.

Vayan estas palabras editoriales en amistosa respuesta a un querido hermano personalista que con su crítica inquieta y su vocación al diálogo me impulsara a pensar estas cuestiones de lesa identidad. Ser o no ser personalista cabal es cosa que sólo el fuero íntimo sabe, pero sí sabemos con certeza que de nuestra acogida vigilante de hoy a cada identidad que busca expresarse desde esta impronta, penderán las voces nuevas que alimentarán el personalismo futuro o, valga la inversión gramatical, el futuro del personalismo.