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IBEROAMÉRICA, CUANDO LA POBREZA ES FORTALEZA

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Publicado en la edición número Dos

1. Identidad: donde buscarse es hallarse

Desde siempre y mucho en este tiempo América Latina o Iberoamérica -aunque sus connotaciones no sean idénticas las usaremos aquí indistintamente - se plantea el problema de su propia identidad, de saberse para poder ser en autenticidad, de buscarse para hallarse,  en donde quien halla es el mismo que es hallado porque el encontrarse no es sino el resultado de buscarse a sí mismo. Pero el quien comunitario que nos identifica en una misma identidad, América Latina, se funda en el quien personal de cada uno de los habitantes de estas tierras, que no sólo vive haciendo y deshaciendo sus sueños en ellas sino que se busca incansablemente en cada uno de las respuestas discursivas de muy diverso enfoque y formato que pululan como 'corrientes de opinión', haciendo, nos guste o no, la cultura nuestra de cada día. América Latina, comunidad de comunidades, se asemeja mucho a un concierto de voces convocadas a entonar en un mismo registro vital y cultural, aunque muchas veces ese concierto se parezca más al desconcierto de millones de voces que claman en el desierto.

Nos buscamos, es cierto, quizás en demasía, pero la búsqueda meramente especulativa no sirve de nada mientras nuestra realidad de latinoamericanos nos golpea en el rostro pidiendo a gritos una respuesta. Buscamos en los múltiples discursos la autenticidad, ese ser ideal con cuyo hallazgo poder decir al unísono: ¡ésta es nuestra identidad, esto es lo igual, lo idem que nos identifica como latinoamericanos, nuestra matriz común! Pero lo que ahueca toda búsqueda vaciándola de sentido y contenido es la patética autenticidad de los millones que buscan en este oasis de riquezas nada menos que ese mínimo vital para poder vivir con dignidad, como seres humanos. No en todos pero sí en muchos el convivir con el abismo de la miseria es el pan de todos los días. Hoy en América Latina se cumple más que nunca aquel presagio mortal con que Nietzsche hace poco más de un siglo anunciaba la muerte de Dios y con ella la muerte del hombre. Hoy no sólo muere el hombre-idea del discurso filosófico(1) sino el hombre real de carne y hueso, el niño desnutrido o mal nutrido, el joven nutrido con el mandato del 'resistiré', el hombre maduro que ve agotada sus esperanzas de dar adecuada nutrición a sus hijos, la mujer de todas las edades que ya ni siquiera puede ser hospitalidad,  consuelo, nutritio animi...  Su muerte es la peor de todas, muere mientras aún vive, vive  anticipando su propia muerte, restándole años a la esperanza.

Como ha dicho con rigor Alberto Wagner de Reyna, una de las voces más esclarecidas de nuestra América, "en el contexto socio-económico de hoy no queda lugar para el hombre. Sobran los hombres: díganlo si no el desempleo, los marginales, la miseria infrahumana, el esfuerzo por limitar la población sobre la tierra. El ideal parece que todo fuera mecanizado, des-humanizado, que talleres y oficinas, enseñanza y comunicación fueran electrónicamente automáticas, que los robots hicieran todo y que se entendieran entre sí, lo que eliminaría las contingencias sociales, las huelgas, los seguros y la asistencia, de modo que se garantizara la salud de la economía en expansión, fin último de nuestra sociedad racionalizada del futuro, posmoderna y posindustrial"(2). Es que la identidad-realidad Latinoamérica se escribe con la ironía de quien no puede concebir que sea ésta finalmente la meta de esa racionalidad paneconomicista proclamada a viva voz por los mentores del mandato de la modernidad, donde la previsión, el cálculo, el orden y el progreso eran proclamados como la panacea universal, ¡las luces de la diosa razón! ¿A qué hombre va dirigido el 'desarrollo' promovido por políticos, sociólogos, economistas, expertos en 'desarrollo humano'? ¿A quién se destina la creciente producción de bienes y servicios, riqueza generada por manos pobres? ¿A las hordas de desheredados que apenas subsisten desde la asistencia-parche de la indigencia y la indignidad? ¿O a los pocos ricos, poderosos, detentores o guardianes del poder y la opulencia de otros? ¿Qué sentido tiene entonces hablar de desarrollo, progreso, identidad cultural, destino de pueblo, etc.?(3) Y desde este estado de cosas ¿puede América Latina hablar de un buscarse identitario si es la situación  descripta la condición de su hallarse?

Bien puede ocurrir que uno se encuentre en  un sitio pero que no se halle en él, porque allí no se siente a gusto, como en su casa, en su mundo. El hallarse - que no necesariamente es consecuencia del buscarse porque de hecho no elijo mis condiciones históricas, sociales, genéticas o psicológicas - tiene no sólo unas connotaciones geográficas o topológicas sino eminentemente afectivas, existenciales, propias de las personas que son las que al hallarse toman posesión de su lugar y por ende de su identidad, gustan de lo encontrado o, ante el desencuentro, persisten en su búsqueda. Y así como en cada hombre, también cada pueblo tiene un modo particular de hallarse, muchas veces desde el formato del dolor, la miseria y la injusticia que lo obligan a pisar el suelo de sus propios límites, otras tantas desde la misma compasión - del sentir con otro - donde surge la urgencia del cuestionar y el buscar respuestas sobre su origen, su sentido o su destino. No es la excepción Latinoamérica, donde buscar y hallar se condicionan recíprocamente en un círculo interminable de preguntas y respuestas cuya dialéctica discursiva parece signada por el mismo acontecer de las cosas humanas. ¿Acaso en la vida humana termina alguna vez el buscar y el buscarse? ¿Acaso el que se halla puede considerar definitivo ese su hallarse? Hombres y pueblos parecen padecer la misma enfermedad dialéctica de este binomio generador del propio formato identitario.

Pero buscarse en soledad sólo engendraría los monstruos de la locura, personal o colectiva, como ya la historia lo ha demostrado con creces. Por algo los pueblos, que son comunidad de comunidades, así como las comunidades verdaderas, son - en el decir de Emmanuel Mounier - "realmente y no de forma figurada, personas colectivas,   persona de personas. (...) Del mismo modo que la persona no reside en el acuerdo o en la sensación, la comunidad no se fundamenta, aunque se nutra, sobre sensibilidades, entusiasmos o actividades colectivas o sobre el simple fluir de una vida  colectiva, ni sobre una voluntad común consciente de ella misma como tal, sino sobre los valores que la sobrepasan y que ella encarna"(4). Como en la persona, habitada por lo múltiple, diverso y legionario, y sin embargo única e idéntica en su adhesión axiológica y en su contorno ontológico, la América Ibérica es el reino de las diferencias y la pluralidad hermanadas tras un ideal común, categoría prototípica y quijotizada del ser y del valor. Difícilmente pudiera concebirse un pueblo sin ideales y sin valores, mucho menos nuestra América gestada en gran medida bajo el cuño del quijotismo español. Así también lo concibió Miguel de Unamuno, el pensador hispánico por excelencia, a quien nos place traer a la memoria en estas líneas salidas de su Vida de Don Quijote y Sancho: "no puede subsistir como pueblo aquel pueblo cuyos pastores, su conciencia, no se lo representen como una misión histórica, con un ideal propio que realizar en la tierra"(5).

Los latinoamericanos no sabemos muy bien qué o quiénes somos, si tenemos o no identidad definida, si reconocemos o no un ideal de pueblo, si de tanto buscarnos nos hallamos en nuestra verdad o es que ella nos halla a nosotros primero, al menos en esta incertidumbre se mueve su ideario colectivo. Pero sí sabemos con qué contamos, porque la historia común nos identifica en algún sentido - aunque discrepemos en su valoración - y porque de tanto contarnos hemos construido una cierta identidad narrativa, cuyos capítulos autobiográficos, verdadero cemento de nuestra insita heterogeneidad, podrían enunciarse sintéticamente de este modo, siguiendo en su claridad al peruano Wagner de Reyna:

- "la lengua - español y portugués - que pese a matices de pronunciación, vocabulario y flexión, y zonas aisladas de idioma aborigen, tenemos en común con las antiguas metrópolis;

- los usos y tradiciones que subsisten bajo el barniz paneconómico de un way of life foráneo;

- la religiosidad popular (un catolicismo con concesiones a prácticas ancestrales) enraizado en la contra-reforma;

- la conciencia de pertenecer a una región del globo unida por sus orígenes culturales ibéricos y vernáculos"(6).

Lengua, tradición, religión, autoconciencia soportan el modo del hallarse latinoamericano, una identidad más presentida que sabida en donde el buscar mismo es el hallarse pero donde la conciencia de la diferencia se sigue escribiendo con letras de sangre y sentimientos de zozobra.

 

2. Diferencia: donde lo diverso se hace universo

Ya lo sabemos, no hay identidad sin diferencia así como no habría pobres sin ricos, ni vida sin muerte. Así, tampoco entenderíamos lo latinoamericano sino bajo el signo omnicomprensivo de sus diferencias. Obsta decirlo: el fenómeno de la diversidad  humana y geográfica recorre con soltura cada uno de los países que componen la América Latina y dentro de cada uno de ellos a sus propios componentes heterogéneos. Ellos comportan el todo del macizo etnográfico: desde el complejo simiente aborigen, que se compone tanto de las culturas más desarrolladas (como la azteca e inca) cuanto de los pueblos más primitivos como los de la Patagonia o la Amazonia, hasta el dominio de la cultura ibérica importada desde la conquista y la colonización, que trajo consigo además  un importante contingente de africanos que se asimila a las regiones tropicales. Fueron tres siglos - XVI, XVII y XVIII - que sirvieron para estructurar y consolidar esa sutil trama de formas y materiales que van amalgamando y confirmando en su paso a la nueva cultura iberoamericana. Pero no en todos los países o regiones el cuadro de su dominio es homogéneo ni tampoco el resultante étnico del mestizaje corresponde a una análoga interacción entre sus correspondientes elementos culturales. Luego vendrán los siglos XIX y XX con todo su caudal inmigratorio, que ciertamente no sólo significó el aluvión europeo sino también la afluencia árabe, judía, china, japonesa y en menor cuantía la de la India y países vecinos. En suma, la América hispana y portuguesa se ha ido haciendo camino en su identidad a partir de las diferencias reflejadas en los aportes e influencias étnicas y culturales de los diversos grupos humanos que han querido habitarla y que, a su vez, fueran acogidos por ella. Hoy Iberoamérica constituye un universo transido de la riqueza siempre conflictiva de la diversidad. ¿Habría acaso uni-verso (de versus unum, vuelto hacia lo uno) sin lo di-verso (de diversus, vuelto hacia partes diferentes u opuestas) que tiende a lo uno?

En estos comienzos del siglo XXI la realidad conflictiva salta a la vista: América Latina se ha convertido en una  especie de encrucijada mundial donde hasta la misma América del Norte, que ha expandido hacia el sur su imperio económico global y que ha penetrado en la cultura con su famoso  american way of life, se ve paradójicamente  urgida a aclimatarse al gran fenómeno de la latinidad que invade sus fronteras. Pero lo latino parece ser un estigma de menosprecio y discriminación, tanto que la pregunta obligada es: ¿por qué los Estados Unidos han llegado a convertirse en la primera potencia mundial mientras que América del Sur y del Centro no logran salir del subdesarrollo? ¡Precisamente porque son latinas! No es ésta una frase elegida al azar, sino que "es el eco de algo así como un dogma que nace a mediados del siglo pasado (por el siglo XIX), inspirado en Darwin y Gobineau y confirmada por la construcción del imperio británico, el auge de la filosofía y ciencias alemanas y la derrota de Napoleón III. Es el dogma laico de la decadencia de los países latinos y del ascenso y superioridad de los sajones"(7). Es la decadencia de la latinidad y con ella de las raíces mismas de la occidentalidad, un condicionante europeo que  sin embargo se suma a su propia investidura latinoamericana. La admiración por lo sajón y la subestima de lo latino constituye una de esas sutiles urdimbres de prejuicios e inseguridades que se vierten en el inconsciente colectivo de un pueblo, pero sobre todo de su clase intelectual, como tan bien lo sugirió el español Ortega y Gasset cuando describió al intelectual argentino como un 'hombre a la defensiva'(8), siempre disponiendo sus energías hacia las fronteras de sí mismo, nunca exponiendo su intimidad frente al otro, quizás porque en muchos casos se ve desde más allá de sus propias fronteras iberoamericanas añorando lo otro de sí.

Hoy el discurso global habla de multiculturalismo cuando quiere aludir a estos fuertes fenómenos inmigratorios cuyo resultante es la coexistencia en un mismo territorio de grupos étnicos con distintas tradiciones culturales y religiosas, lo cual suele traer como lógica consecuencia conflictos de intolerancia, discriminación y convivencia(9). Pero difícilmente este fenómeno, típico de los países ricos del norte que se ven invadidos por gente que huye de su país o región pobre acuciados por el hambre, tenga su réplica al sur del planeta donde el África o la América Latina son claros exponentes de la pobreza globalizada. Esta última, en su paradójica riqueza, también ha generado  tolerancia y otros hábitos de supremacía moral y espiritual, como de hecho lo fue el mestizaje entre el nativo y el europeo, hecho único de la América hispana no reproducido en las colonias norteamericanas. El criollo es por eso el símbolo del occidentalismo iberoamericano, en quien lo típico y lo tradicional no excluyen lo occidental, porque en él las diversidades se hacen universales. No en vano había dicho Miguel de Unamuno que mientras más de su tiempo y de su pueblo fuera un hombre más universal  sería, razón por la cual "nada hay menos universal que lo llamado cosmopolita o mundial, como ahora han dado en decir; nada menos eterno que lo que pretendemos poner fuera del tiempo"(10). ¡Quién osaría hoy hablar de 'universalidad' y mucho menos de 'universal' tras la muerte del discurso metafísico!

Y sin embargo... lo criollo es nuestra forma de ser occidentales y por ende universales, aunque la modernidad nos diga lo contrario porque sólo ella se apropia el derecho de salvar al Occidente y a sus nuevos valores enarbolados tras los estandartes de la racionalidad  instrumental y el paneconomicismo. ¿Por qué América Latina se atrasa, por qué no se sube al carro del progreso, por qué no imperan en ella los valores del pragmatismo y su supremo ideal de transformar lo que toca en riqueza y poderío? Porque ella aún ofrece resistencias al juego seductor de la modernidad, porque todavía es ella el reservorio de los valores esenciales de la cultura de Occidente, greco-judeo-cristiana, lo cual no significa que la moderna sociedad desarrollada y globalizada los haya olvidado del todo, "que cuando es oportuno son sacados del desván de los recuerdos y sirven de decorado para acicalar la casa. Amor, justicia, belleza, equidad, conciencia moral, humanidad, desprendimiento, moderación, hasta Dios, son colocados al lado de las ya nombradas libertad e igualdad en el Olimpo capitalista, que de pronto adquiere cierta connotación ética"(11). Frente a este estado de cosas surge el discurso de la posmodernidad que descree de tanta hipocresía y tanta racionalidad y se vuelca al relativo estar del pensamiento débil y único, afianzado en el pseudo valor del esteticismo y el hedonismo donde no hay lugar para el compromiso fuerte ni con lo humano, ni con la verdad, ni con la trascendencia. Con matices, el latinoamericano es un pueblo que aún cree en Dios, donde la fe cristiana - preponderantemente católica - sigue viva resistiendo al paso arrollador de la increencia e indiferencia nihilista aliada  de la posmodernidad.

Modernidad y posmodernidad se las arreglan muy bien en esto de respetar las reglas de juego del mundo globalizado teniendo especial cuidado en que su discurso no olvide los viejos paradigmas de libertad, igualdad, democracia y otros conceptos dignos de aprecio, aunque en sus prácticas no discursivas promuevan la legalidad económica como único mandato fundamental para la vida de los hombres y de los pueblos. ¿Es acaso otro el panorama de nuestro mundo globalizado en que el dios paneconómico, nuestro moderno becerro de oro, decide sobre la paz y la guerra, la bonanza y la miseria, el éxito y el fracaso, el placer y el dolor? Y nuestra América no puede eludir este enclave mundial, aunque  ella sea la más agraciada para resistir el embrujo de su influjo y para advertir con dolor que la lógica de la racionalidad económica no es la lógica humana que se rige por las coordenadas raciocordiales de los valores eternos, hechos carne en las virtudes y vigorizados hasta el infinito de su plenitud cuando de la nada y la pobreza hay que sacar aún fortaleza para resistir la misma muerte. Veamos, pues, en qué consiste la paradójica gracia de la pobreza vista desde la encrucijada iberoamericana.

 

3.  Pobreza: debilidad que deviene fortaleza

Todas las diferencias hacen a la identidad, convergen en ella, pero la realidad  diferencial más palpable en toda Latinoamérica sigue siendo el vergonzoso hiato entre los que tienen demasiado y los que tienen demasiado poco, análoga aunque no homóloga a la africana cuyas letales políticas económicas la han llevado a una situación insostenible, al punto que el G-8 ha conformado recientemente un equipo autotitulado "Hacer que la pobreza se convierta en algo del pasado", título en verdad alentador, pero ¿podremos tener fe en que los ricos estados petroleros de la región salvarán al África, tal como se propone? ¿Qué tipo de racionalidad será ésta que, según declaraciones del World Bank 2003 Global Development Finance, hace del Africa sub-sahariana el lugar más pobre del planeta  y al mismo tiempo el  más rentable para las inversiones extranjeras directas en cualquier región del mundo?(12) ¿Habremos de confiar en que finalmente la lógica humana se imponga sobre la lógica económica inhumana y sobre la misma depauperada condición humana? El caso también sirve para retratarnos porque según el último informe del PNUD(13) (Programa de la Naciones Unidas para el Desarrollo) para América Latina y el Caribe las tasas de pobreza vienen aumentando desde hace tres décadas y sigue siendo cada vez más alarmante la relación desigualdad-pobreza. Y aunque la nuestra sea la más rica de todas las regiones de países en vías de desarrollo, también es la que presenta la brecha más vergonzosa entre ricos y pobres. Pero, a escuchar bien, lo que más preocupa al PNUD es que estas divisiones puedan ser 'fuentes de inestabilidad' en la región por lo cual será prioritaria su ayuda para 'fortalecer la gobernabilidad  democrática y la participación'. Fuera de toda ironía, ¿cómo se salva el ser humano si para las mismas políticas globales destinadas al desarrollo (¡humano!) el bienestar del hombre se mide en patrones de incidencia sobre la misma lógica económica  que ilegitima lo humano?

Los números son elocuentes para comenzar a decir: 222 millones de latinoamericanos viven en la pobreza, de los cuales, 96 millones, es decir un 18,6 % de la población total de América Latina y el Caribe vive en la indigencia (conforme al Informe del CEPAL(14) del 15 de junio de 2005), pero esto amerita hacer una clara distinción entre indigencia, miseria y pobreza. La indigencia "es algo que se encuentra debajo del cero en el termómetro de la vida. Su valor es negativo; su existencia, un escándalo, un crimen social"(15). Pero mientras que la indigencia puede ocultarse, disfrazarse o negarse, la miseria no, "pues la conmiseración implica que alguien la advierte; y esa persona ha de ser movida por un sentimiento de pena y solidaridad, lo que en sí es un valor positivo frente al valor negativo de la miseria misma"(16). En cambio, la pobreza, en sentido estricto, es sin duda estrechez económica pero no implica ausencia de lo necesario para el sustento humano, ella es "sólo limitación, limitación a los requerimientos vitales, una ausencia de lo superfluo y aún a veces de lo deseable. Esta pobreza específica lleva a la frugalidad, que constituye sin duda alguna un valor; es la austeridad, la moderación"(17). La pregunta es inevitable: ¿acaso para el que la vive no es la pobreza un mal, aunque la suya no llegue al bajo cero de la indigencia? Todo depende del ojo humano, de la particular actitud que cada cual asuma frente a la misma. Pero más allá de esta inevitable e inestable subjetividad de las cosas humanas, lo cierto es que la pobreza es un valor, no sólo porque ella se inscriba en la jerarquía axiológica de la tradición cristiana, sino porque se necesita valor para vivir la pobreza que es uno de los bordes más ásperos de la finitud humana: valor para aceptarla, valor para luchar, valor para sucumbir, valor para mostrarse débil, valor para vivir la desposesión en alegría, lo cual no es poco valor.

La vida entera del hombre puede mirarse desde  la resistencia a mostrarse mísero, finito, desnudo, que ha sido y seguirá siendo uno de los primeros resortes de acción del ser humano. Ya en el relato del Génesis(18) se cuenta que Adán, tras haber pecado, conoció su desnudez y se reconoció pobre y se escondió de Dios por temor a verse y que le vean desnudo. "¡Oh pobreza, pobreza! antes que confesarte preferimos pasar por bellacos, por duros de corazón, por falsos, por malos amigos y hasta por viles. Inventamos miserables embustes para rehusar lo que no podemos dar por carecer nosotros de ello"(19). La pobreza es algo así como el sello de la finitud humana, aquella debilidad que certifica nuestra indigencia más profunda que es a la vez riqueza y fortaleza, añorando serlo todo y poseerlo todo pero sabiendo que somos nada sólo redimida por una mirada que nos ama. Por algo, mirando a la humanidad que amaba, el místico e hispánico Juan de la Cruz escribió estos célebres consejos  que respiran olor a eternidad:

“Para venir a gustarlo todo,

no quieras tener gusto en nada.

Para venir a poseerlo todo,

no quieras poseer algo en nada.

Para venir a serlo todo,

no quieras ser algo en nada

..................................................

Para venir a lo que no posees,

has de ir por donde no posees.

Para venir a lo que no eres,

has de ir por donde no eres”(20).

Aprendamos del místico que instaal hombre a anonadarse, a entrar en el misterio de su propia nada para así dejar lugar a ese todo de humanidad trascendida que no ha lugar sin el previo vacío de sí, sin la previa pobreza. ¿Dónde habrá un lugarcito para Dios en mi alma si mi ego henchido de mí mismo y mis deseos de poder y poseer no se vacía un poco para que él pueda entrar y habitarme? Soy respuesta, pero ella no se hace auténtica y plena sin mi previo desarme: como ha dicho Emmanuel Mounier, la voluntad se relaja para abrirse al Abandono y sus proyectos son desaprobados para lanzarla a la Esperanza(21). ¡Cuán distintas a las categorías de autonomía y autosuficiencia del desfondado y desvinculado hombre moderno! Casi sin quererlo, el bolsillo pletórico de los místicos españoles se vacía un poco para que el personalismo rescate y recree el sentido profundo de la pobreza evangélica y con él nos ayude  a iluminar los derroteros  de lo humano. Vacío, nada, abandono son las vivencias-ideas del místico que, vertidas en moldes antropológicos, se transforman en las sumisas categorías de debilidad, pobreza, disponibilidad que pasan a configurar uno de los andamiajes conceptuales de mayor hondura rescatado para siempre por el decir personalista. Ellos también nos sirven para recobrar el sentido de la pobreza creadora y redentora, cuando ella es vivida en el lenguaje del amor. Porque "sólo en el amor y en la esperanza es soportable la tensión pauperística. Entonces la misma aliedad finita y pobre queda transfigurada en adaliedad liberadora coram nobis porque el sencillo buen Dios nos dice: siéntate y cúbrete, ¿qué te pasa?"(22).

Iberoamérica es pobre, gran parte de su población  lo es,  y en ello estriba su debilidad que es aliento de fortaleza y grandeza. Ella es la oportunidad para probar en obras la verdad de lo dicho, porque la vida es la prueba de la verdad. Ella es la persistencia del auténtico espíritu de Occidente, del humanismo y del personalismo, aunque cada vez más amenazado y debilitado, no lo vamos a negar. Pero  hay asimismo en ella ciertos indicios elocuentes de esta realidad que hemos tratado de bosquejar en esta reflexión, con los cuales contamos para contarnos, buscándonos para hallarnos, y desde donde podemos arriesgar una opinión: que nuestra aparente decadencia y debilidad escenificada ante los ojos del mundo por la cruda desnudez de la pobreza es en verdad nuestra fortaleza y nuestra esperanza, porque el nuestro, el de la América pobre,  es un modo de ser que sabe relativizar las urgencias banales y efímeras frente a las exigencias absolutas y verdaderas, que sabe porque saborea del tiempo y de las cosas su lectura eterna, que puede todavía transformar el dolor en sentido y esperanza, que puede encarnar el mandato del Padre eterno que llama a los pobres del mundo a construir su Reino, el Reino del pueblo de Dios.

"He aquí mi siervo a quien yo sostengo,

mi elegido en quien se complace mi alma.

He puesto mi espíritu sobre él:

dictará ley a las naciones.

No vociferará ni alzará el tono,

y no hará oír en las calles su voz.

Caña quebrada no partirá,

y mecha mortecina no apagará.

Lealmente hará justicia;

no desmayará ni se quebrará

hasta implantar en la tierra el derecho,

............................................................

y te he destinado a ser alianza del pueblo

y luz de las gentes,

para abrir los ojos ciegos,

para sacar del calabozo al preso,

y de la cárcel a los que viven en tinieblas"(23).