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X

LA OPCIÓN PREFERENCIAL POR LOS POBRES

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Publicado en la edición número Dos

I. En cierta ocasión, invitado yo mismo a impartir una conferencia en una de las universidades de alto nivel económico de los ultraconservadores "Legionarios de Cristo Rey", más conocidos en México como "Los millonarios de Cristo", y ofreciéndoseme de este modo la posibilidad de satisfacer una eterna inquietud mía -a saber, por qué estos católicos son tan amigos de los enriquecidos, por qué y a cambio de qué los enriquecidos les entregan tan fabulosos donativos, y asimismo en qué lugar del Nuevo Testamento justificaban esa estrategia suya, tan opuesta a la de Jesús-, el nutrido staff legionario, del que en aquella ocasión magna, en la que venía al mismo ciclo Francis Fukujama, apenas faltaba su fundador, el Padre Maciel, dicho staff me vino a decir: "Hay que ser realistas, doctor". Y poco más. La idea era que, puesto que los empobrecidos no dan ya porque no tienen, y es necesario tener dinero para propagar la Palabra, la única estrategia posible era la de ellos, los ensotanadísimos Legionarios: apoyarse en los ricos para favorecer la predicación a todos, también a los pobres. Puestos así, ya quedaba muy poco margen para el diálogo.

Inmediatamente me vino a la memoria el célebre bandido español Juan Candelas, que robaba a los ricos para entregárselo a los pobres, pero en seguida deseché tal idea por inexacta, pues caí en la cuenta de que estos Legionarios -y su nombre es legión, porque son muchos- lo que hacían eran recibir el dinero de algunos ricos que roban a los pobres -aunque sea legalmente, pues muchas de las leyes, por muy legales que se presenten son inmorales- para entregárselo a los Legionarios, que a su vez de pobres no tienen nada. La cosa funciona... pero no para los pobres mismos. Es una versión aplicada del funcionamiento de la globalización: las cifras macroeconómicas suben y suben, pero los pobres son harina de otro costal, porque bajan y bajan.

Puestas estas premisas, ya todo me cuadraba: en resumen, los enriquecidos también obtenían más riqueza gracias a su participación en las finanzas y negocios millonarios-legionarios, y además de lavar el dinero sucio del cuerpo sentían que lavaban las manos sucias de su alma. Con esto quedaba respondida la cuestión del 'a cambio de qué' y de qué clase de conversión operaba semejante conducta en los corazones de los cada vez más enriquecidos. Obviamente, y teniendo en cuenta que en medio de todo este galimatías no faltan gentes, tanto entre los donantes como entre los recipientes, de buena voluntad pero escasa formación cristiana, la conclusión básica era y sigue siendo la misma. ¿En qué lugar o lugares del Nuevo Testamento encontraban asidero para tamaño comportamiento? En ninguno. En ninguno en absoluto. Y en ningún comportamiento concreto de Cristo: si comía con pecadores, desde luego no hacía negocios con ellos, ni para convertirse en socio de honor. Pese a mi insistencia reiterativa, nada contestaron. Por lo demás, universidades como aquellas ¿predicaban de hecho el mensaje de Jesús, cuando sus Facultades de Economía, Ciencias Empresariales Derecho, Sociología, Ciencias Políticas, incluso las de Humanidades y aún los Departamentos de Teología, enseñaban lo mismo que practicaban sus patrones y financiadores, acaso podría ser de otro modo?

Cuantas más preguntas me autoformulaba, más imposibilidades veía - y sigo viendo - en lo referente a la eventual compatibilidad entre la estrategia y el comportamiento de los Legionarios y el mensaje de Jesús. Y esto no lo digo, pueden creerme, porque yo tenga algún rifirrafe particular pendiente con esa institución de los Legionarios, en modo alguno. Como pueden testimoniar quienes desde hace más de una década vamos haciéndonos presentes como docentes en nombre del Instituto Emmanuel Mounier en otras muchas universidades e instituciones nominalmente católicas (¡y no calvinistas!) cuya lista sería larga, pueden dar testimonios muy serios sobre lo aquí narrado. Por lo demás, nuestros contactos con las organizaciones empresariales católicas tampoco nos han sacado de pobres, pues la ideología del rico es la misma allí donde trabaje, o mejor, allí donde trabaje para que los demás trabajen para él. Y no hablamos de memoria, ni de contactos superficiales, a pesar de los ejemplos de coherencia y decencia que se reciben en todos los lugares, incluso en los más contradictorios.

Afortunadamente en esta nuestra revista, Acontecimiento, no faltarán gentes caritativas y seriamente críticas que, tras lo leído, se podrían preguntar: ¿También nuestro amigo Carlos Díaz cae sin darse cuenta en el maniqueísmo de los ricos malos y los buenos pobres? ¿No es eso precisamente con lo que hace y dice incurrir en la sectarización restrictiva del mensaje de Jesús? Por otra parte ¿no son los ricos que donan mejores que los ricos que no lo hacen, mejores que las clases medias de la Hermandad del Puño Cerrado y de la Caridad Bien Entendida, que comienza por uno mismo y continúa en los herederos, e incluso mejores que los pobres que no se comportan como la viuda aquella del Evangelio que daba todo lo que tenía, su óbolo único, aunque se quedara sin nada? Por otra parte, ¿podría evangelizarse sin dinero? ¿Y no es, en definitiva más grande la misericordia de Dios que el egoísmo, tan común a pobres y a ricos? Y muchas preguntas más, claro.

II. Lo que desde siempre me vengo respondiendo a tales preguntas, y pese a mis no pocos pecados e incoherencias propias, es lo siguiente:

- Desde el punto de vista humano, aquel que viene dado por el corazón que entiende y razona, siento una con-moción mayor con quienes se hallan desposeídos de todo. Yo puedo desviar mi atención más hacia el yo auxiliador que hacia el tú auxiliado, pero entonces anulo lo que no soy yo. Sólo en el hacia ese tú depauperado descubre el yo lo que el yo vale, pues lo que me define no es el yo, sino su desnucleación hacia el tú y su hacerse en el otro, no entiende lo propio sin preguntarse por lo ajeno, y por eso se pregunta: "¿Es lo mío una usurpación de los lugares que pertenecen al otro hombre, al que estoy oprimiendo y condenando al hambre, al que expulso, excluyo, despojo o mato? El rostro del expoliado me lleva al mío, y por eso él-y-yo com-padecemos. Lágrimas de llanto inundan la tierra, pero el que sufre más tiene prioridad: cuando alguien que no soy yo mismo llora, tiene derecho sobre mí, por eso cuidar a un ser humano que sufre es lo más urgente. Esto significa que -quiéralo o no- he de ocuparme con mi prójimo. Y uno se pregunta si no será precisamente por prestar atención al sufrimiento del otro por lo que este otro deja de ser un él y se transforma en un tú. Mi principio de individuación es tu sufrimiento. Si quiero responder, tengo que cargar con el doliente, en la medida en que tenga fuerzas. Obviamente, nuestra prioridad por el que sufre no ha de evitar nuestra cercanía respecto del que se alegra. La tarea no es, por tanto, la elaboración de hipótesis abstractas sobre posibles formas de humanitarismo, sino la de hacer desaparecer del mundo formas concretas de inhumanidad: hacer sufrir es la única manera de equivocarse. Hasta que uno no se entera enteramente del ajeno dolor ignora quién es el propio sí mismo. Sólo el dolor es maestro de vida, porque pone en vilo todo nuestro ser, en carne viva: con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu corazón, con todo tu ser. Amas al prójimo en cuanto que es uno como tú; porque tú conoces ya el alma del ser humano que se encuentra en situación de extrema necesidad, eres amoroso con él, pues también tú eres humano y padeces la misma extrema necesidad humana.

El primer valor es que el otro existe como persona. En este sentido es el rostro del otro el que me dice: "no me mates" y, en términos más positivos, "ámame, soy otro tú". El rostro doliente es la única pieza que nunca puede cobrar el cazador de imágenes, el ojo regresa siempre con el morral vacío en lo tocante a ese rostro irreductible a concepto, me resiste y me requiere, no siendo en primer término su espectador sino alguien que le está obligado. La responsabilidad respecto del otro necesitado precede aquí a su contemplación. No soy yo quien en primer término es egoísta o desinteresado, sino que es el rostro sufriente en su desnudez lo que me hace desinteresarme de mí mismo. El otro: piel con arrugas, sí, y sin embargo no adversario de mi yo, sino carga que me está confiada, me acusa de no ocuparme por él sino sólo por mí mismo, y me recompensa cuando me libera del egoísmo y del narcisismo. No, no soy yo quien se lanza hacia el otro en un impulso generoso, es el otro quien toma la iniciativa aunque no haga ni diga nada, con su sola presencia.

Sólo un yo vulnerable puede amar a su prójimo. El otro se interpone en mi camino, y a veces tengo ganas de escapar porque me incordia, diciendo entonces: "ese no es mi problema"; mi escapada, empero, me acusa.

Más aún, el amor al prójimo sólo desemboca en la justicia con la condición de no perder jamás de vista la cuestión del otro; conduce por el contrario al terror desde el momento en que el amor al prójimo cree haberla resuelto. El rostro débil, más que conflicto, me ofrece la posibilidad de responsabilidad, cuyo rechazo constituye el pecado, y me ofrece también amor; en todo caso, no me pide grandes discursos, sino solicitud, cercanía, intensa cotidianidad cuando me grita: "¡Permíteme existir frente a ti como tu igual!" La dignidad es la demanda de libertad al nivel de la segunda persona. No sería cuestión de tratar la persona en mí como un fin en sí mismo si yo no cumpliera este requerimiento del derecho del otro a existir.

Pero esta noción de la persona - de la segunda persona si la expresión no es tautológica - continúa siendo un concepto práctico y normativo. No se puede observar la persona desde fuera, sino sentirla desde dentro. Es su rostro el que me dice: 'no me mates', y en términos más positivos: 'ámame, soy otro tú'". En este sentido, la libertad es una extensión de mi reconocimiento del derecho ajeno a existir. La verdad se comunica a través del sufrimiento y por ello necesita testigos y mártires; para servir a la verdad sólo se puede hacer una cosa: sufrir por ella. Lo que necesitamos son mártires. Y, aunque esa verdad es mi prójimo, por cuanto que la prueba de la realidad es mi comportamiento con él, sin embargo éste es uno como tú, pero no eres tú. Henos aquí iguales, aunque también des-iguales; somos todos, pero somos cada uno, el otro en tanto que tal no es solamente un alter ego; es lo que yo no soy: es el débil, mientras que yo soy el fuerte; él es el pobre, ella es la viuda y el huérfano. No hay mayor hipocresía que la que ha inventado la caridad bien ordenada. Tener esto en cuenta evitaría problemas como el del nacional-judaísmo, donde no caben las diferencias desde la identidad, o el del nacional-nazismo, para el que en realidad no existe ninguna otra raza fuera de la mía. ¡Pero, aunque así sea, cuán difícil resulta hacerse eco vital de que el prójimo es el mapa mundi y la carta magna de la compasión y de la alteridad! Soy-para-el-más-necesitado incluso corrigiéndole: no basta con que siempre me muestre dispuesto a evitar lo que lo daña y a promover lo que le aprovecha y que, al hacerlo, me cuide de respetar y no herir su honor, sino que todavía tengo que preocuparme positivamente por su honor y por promover su prosperidad y su mejoramiento moral. Sólo desde esa actitud se entiende el corregir como un co-regirse. En el proceso de co-rección no debe uno considerar aisladamente la posible culpa del otro (hay pobres también que han llegado a serlo por su irresponsabilidad), sino a la luz de la debilidad humana universal. No debo cargar la culpa sobre él solo, sino tomarla también sobre mis propios hombros y sobre los de la condición humana universal. La verdadera humildad es la que no observa exclusivamente al pobre a la hora de la injusticia, sino que hace co-responsable - al menos parcial - a la colectividad de los errores del individuo. Y esto constituye también el único medio efectivo de borrar de la faz de la tierra el concepto de pobre. Y no sólo en general y en teoría se ha de reconocer esto, sino en cada caso, y esto es mucho más difícil todavía. Nadie tiene derecho a llamar malo a ningún ser humano. En cuanto borremos ese término del léxico de nuestra conciencia, nos veremos libres del fantasma del enemigo. Y sólo con esta humildad podremos practicar la corrección que requiere el amor sin acepción de personas.

- Desde el punto de vista humano y cristiano (ambos términos son un pleonasmo, ya que lo uno sin lo otro es sencillamente imposible) me respondo antes que nada lo siguiente: si, pese a todo, no me disgusta (aunque tampoco me entusiasme demasiado, dado el manejo ideológico a que esta expresión se ha visto sometida) la expresión "opción preferencial por los pobres", eso no me impide reconocer que el mensaje de Jesús es sin la menor sombra de duda para todos y cada uno de los seres humanos, y desde esta perspectiva no vale opción preferencial alguna, ni por pobres, ni por ricos; además es para todos, porque todos tenemos algún tipo de pobreza, no sólo económica, y por ello estamos singularmente (de uno a uno) necesitados del amor de Dios. La noche del sin sentido y del sin para qué ni por qué puede presentarse a cada uno, a los sin techo y a los con techo, a los con todo y a los sin nada. Y sólo tiene sentido cristiano mi acción si al ayudar al enriquecido a desposeerse de sus excesos de propiedad lo estoy haciendo por amor a él, para que se libere del mal que, tal vez sin saberlo, le hace daño a él mismo, y del que hace a los demás con ése su expolio. Es lógico que no me lo agradezca.

Pero la actitud y la vida del Maestro, pese a que ciertos exégetas se cuezan el cerebro tratando de hacer decir al Evangelio lo que el Evangelio no dice, se compadece en todo con el ejemplo de pobreza del propio Jesús. El nazareno, hijo de un padre adoptivo cuyo oficio era el de constructor de techos de madera, optó él mismo por ser un sin techo para de este modo estar disponible en cualquier rincón del camino a partir-con, a com-partir, a parti-cipar, a hacerse eucaristía con quienes no tienen dónde reclinar la cabeza y añaden padecimientos materiales a los espirituales, los pobres lo consideraban uno de los suyos, y los poderosos de este mundo no pararon hasta matarlo.

En fin, por el mismo motivo por el que no entendemos ni entenderemos nunca un seguimiento de Jesús que colabora con las estructuras de los expoliadores, por ese mismo motivo tampoco entendemos a la izquierda caviar, a los socialistas millonarios, ni a las ONG estatales, que ponen esmalte donde su pagador el Estado pone la bomba.