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Prólogo al Diálogo

Publicado en la edición número Cuatro

Este no es un prólogo en el sentido tradicional que se utiliza para un libro, en que siendo la primera palabra en leerse, suele ser la última en escribirse y, según Emmanuel Levinás “el primer desdecir”, en el que se realizan una serie de consideraciones sobre la obra ya elaborada, o rectificaciones sobre lo que se dijo y se quería decir, provocando el intercambio de opiniones con uno mismo que se convierte, en ese momento, en el primer otro con quien el autor dialoga. Este es, más bien, una reflexión sobre las condiciones que han de cumplirse para que exista el diálogo; sobre la disposición para el encuentro humano; la palabra anterior al entrecruzamiento de palabras, pues el diálogo es únicamente factible cuando se logran ciertas condiciones que deberemos analizar, en primer término, a partir de la comprensión de lo que es el diálogo mismo. No nos conformaremos con la simple noción de conversación de ida y vuelta entre dos individuos. Aunque, efectivamente, según su sentido etimológico, es la palabra dicha entre dos o más sujetos.

Diálogo, palabra mutua. Lenguaje común, palabra que puede intercambiarse porque es moneda de curso corriente, palabra que es código de factible interpretación. El lenguaje es patrimonio de una comunidad y, al propio tiempo, es tesoro particular con el que cada sujeto puede expresar su sentir más íntimo, su pensar original, gracias a la herencia recibida, pero ante la cual ha podido hacer su interpretación del mundo. Lenguaje que es motivo y medio para lograr la unidad y sello distintivo para reconocer la unicidad. Es el primer fundamento para establecer la identidad cultural y personal. Un grupo que decide cerrar su diálogo sólo a ciertos miembros establece un dialecto distintivo y único.

Podríamos decir que la palabra es mucho más que el código para señalar un objeto o expresar una idea o sentimiento, es la plataforma en la que se desarrolla todo el quehacer cultural, es el marco en el que se desenvuelve la actividad de cualquier persona, y es sustento que permite la herencia histórica y la apertura de posibilidades para el porvenir.

“Hay que tener presente que todo sistema lingüístico es una realidad comunal, abstracta, mostrenca, mientras mi decir pugna por ser individual, concreto, propio. En este desajuste estriba lo que en el lenguaje existe de frustrado. Aun así, estamos comprometidos a manifestarnos auténticamente, a ser fieles a nuestra vocación (comunitaria). ¿Acaso no es el lenguaje, en este sentido, un instrumento de perfección y de salvación humana? La existencia propiamente humana de los hombres que evocan el ser de los otros comienza con el lenguaje” (1). La palabra es el principal logro de la humanidad y el tesoro más entrañable para el individuo. Y la palabra, como promesa, es cofre en el que se deposita la honra y su cumplimiento es garantía para establecer confianza. El diálogo, entendido pues, como palabra mutua, es principio de igualdad, de entendimiento de igualdad, más precisamente, porque es siempre intencionado. Se emite la palabra con un sentido que se sabe será entendido y asimilado de manera consciente por el otro y se aguarda la respuesta apropiada, inteligente y libre; y si no es así, no existe el diálogo. Hay, entonces, un reconocimiento tácito de que el otro es libre, es inteligente, es persona capaz de relacionarse, capaz de aportar una opinión, un punto de vista particular, una aproximación a la verdad; y si no es así, no existe el diálogo. Hay un grado - aunque sea mínimo - de fe, no se dialoga con quien sabemos que nos miente; hay un grado - aunque sea mínimo - de esperanza, dialogaremos únicamente si sabemos que seremos escuchados; hay un grado - aunque sea mínimo - de amor, sólo en el diálogo podremos acogernos.

Y podemos todavía entender el diálogo de una manera nueva, dar una nueva definición a partir del mismo vocablo. Logos es palabra, pero también ha sido entendido como sentido, de tal forma que podemos dar al diálogo un nuevo alcance como sentido del encuentro, como correspondencia de sentidos para fundar comunidad, donde hay dos que no sólo se miran mutuamente sino que son capaces de compartir un mismo horizonte vital. El diálogo entendido así, sí es fundamento de la transformación social y de la democracia, ya no sólo como un ejercicio para ponerse de acuerdo, sino como una práctica en la que se busca, en concordia, los objetos que se aman mutuamente. Entendido en esta dimensión, el diálogo es sinónimo del amor de concurrencia, del amor por el cual los que se aman buscan juntos un destino común para trascender, un bien superior al cual servir; es la respuesta a la vocación compartida. “Con demasiada frecuencia olvidamos que el querer-a es vano y efímero si no crece a la par el querer-con que lo robustece, porque el amar a alguien necesariamente supone que se amen con él aquellas cosas que ambos ven como propias, y en virtud de las cuales existe una comunidad de fines. Precisamente el amor de concurrencia lo encontramos expresado en las palabras con que el poeta español Miguel Hernández introduce a su primera Elegía compuesta en memoria de un amigo entrañable: ‘En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como del rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería’.” (2).

Hay comunión de sentido, comunicación de sentido, únicamente entre personas libres que desean hacer comunidad. El sentido de vida, como lo entiende Víctor Frankl en su logoterapia, responde a la unicidad de cada persona, pero no está nunca dentro de la propia persona sino fuera de ella, en el encuentro. El sentido es propio y exclusivo de cada individuo, porque depende del cúmulo de circunstancias que lo rodean, de las características que lo distinguen, de su experiencia vital, de su insondable misterio personal, de esa combinación única que lo diferencia de las personas que existen, han existido y existirán. Razones que llevan a afirmar al psiquiatra vienés que el sentido de vida es un descubrimiento y no una decisión. La libertad, sin embargo, juega un papel indiscutible, pues aunque la persona no decide su sentido, sí está en ella la determinación por seguirlo y la forma particular en la que ha de hacerlo, saliendo en pos de él. Esta resolución y la manera característica en que adquiere forma es lo que define finalmente a la persona, como un ser eminentemente moral, que siempre decide lo que es, sabiendo que en su naturaleza existe la posibilidad de construir cámaras de gas, o de entrar en ellas con el rostro digno y musitando una oración (3). Pues es precisamente en ese movimiento extrínseco libre y responsablemente asumido, donde es factible comprender el diálogo como sentido mutuo; donde el Yo y Tú de Martin Buber se convierte en el Yo para ti de Emmanuel Levinas y aun en el más complejo Yo para ti y Tú para mí para que ambos seamos para alguien más, de la solidaridad compartida.

Cuando Václav Havel recibió el premio Erasmo de Rótterdam, habló durante su discurso sobre el destino común de los europeos y, si bien sus reflexiones se centraron en esta parte del planeta, podría entenderlas igual cualquier miembro del género humano, se encuentre donde se encuentre: “Parece que los de Europa Occidental, dijo Havel, empiezan a darse cuenta de que no pueden solucionar sus propios problemas sin solucionar los problemas de Europa Oriental (…). Como si entendieran con cada vez mayor fuerza cuán ambigua sería su suerte occidental si tuviese que ser pagada para siempre con la desgracia oriental (…). Nuestro destino es  realmente indivisible; cuanto mayor es el número de armas modernas que nos sitian, tanto más evidente es su indivisibilidad; nuestras respectivas libertades son cada vez más evidentemente las libertades de todos; la amenaza de unos significa siempre la amenaza de los otros (…); el ataque contra la dignidad y los derechos humanos (…) va dirigido - por quien quiera y dondequiera que sea llevado a cabo - contra todos” (4).

En el diálogo vital, hay un grado - y no mínimo - de fe, no se dialoga con quien sabemos que no podemos soñar; hay un grado - y no mínimo - de esperanza, dialogaremos únicamente si sabemos que podremos escuchar; hay un grado - y no mínimo - de amor, sólo en el diálogo podremos darnos y por eso el diálogo nos impulsará a perdonarnos con generosidad.

Este diálogo no es compatible con el de la simple tolerancia entendida ahora como valor máximo del individualismo, permisivo e indiferente. Pues en la lógica de la tolerancia absoluta el paradigma es la autonomía y no el compromiso. Y el diálogo se desdibuja incluso en su primer significado pues se comparten monólogos para alcanzar un consenso, pero nunca se persigue la verdad. Por ello, aunque ahora se hable mucho de diálogo, éste se ve más como una utopía que como una realidad posible y deseable. Y si el primer significado de diálogo está truncado, resulta imposible el segundo mucho más exigente.

“Se dice: la unidad del ser, a toda hora, consistiría simplemente en el hecho de que los hombres se comprenden, en la penetrabilidad de las culturas, los unos a los otros; pero esta penetrabilidad no podría realizarse por mediación de una lengua común que tradujera, independientemente de las culturas, las articulaciones propias e ideales de las significaciones y que volviera, en suma, inútiles esas lenguas particulares. En toda esta concepción, la penetración se efectuaría, según la expresión de Merleau-Ponty, lateralmente. Es posible para un francés, en efecto, aprender chino y pasar así de una cultura a otra, sin la mediación de un esperanto que falsearía las dos lenguas mediatizadas. Lo que queda fuera de consideración, sin embargo, en esta eventualidad, es que es necesaria una orientación que conduzca precisamente al francés a aprender chino en lugar de declararlo bárbaro” (5).

La reflexión de Emmanuel Lévinas, nos invita a romper el círculo. ¿Por qué el francés renunciaría a hablar en su lengua para aprender la del otro? No es una cuestión meramente pragmática, no plantea la simple tolerancia tan sobrevalorada en nuestros días. La tolerancia no hace democracia, no ayuda a la conformación de una comunidad, no hace más que acentuar los límites de cada opinión o cultura y pedir que no se sobrepasen. La tolerancia vista como neutralidad no aporta en realidad propuesta alguna, es una tregua, algo apenas superior a un armisticio que difícilmente soportará momentos de verdadero conflicto. “El espíritu democrático no podría contentarse (...) con una forma de tolerancia minimalista que consistiera únicamente en avenirse a la alteridad. Esa actitud que pretende ser simplemente neutra está a merced de las circunstancias, que pueden invalidarla cuando la coyuntura económica o sociológica vuelve especialmente conflictiva la cohabitación de varias culturas. Por consiguiente, conviene superar la simple noción de tolerancia y basar la enseñanza del pluralismo en el respeto y aprecio de las otras culturas” (6).

Y como es la segunda acepción que le hemos dado al diálogo, la que permite el surgimiento de una comunidad con posibilidades de proyectarse en el tiempo, se están perdiendo los valores vitales de los pueblos y se privilegia el uniformismo global, muy distanciado este último, de la fraternidad humana que rebasa fronteras pero no elimina las identidades, ni mira las tradiciones como simple folklore. La tolerancia, sin más, es, si no contraria, sí ajena al diálogo, pues sólo supone el soportar, el sobrellevar una carga y, si ahora se privilegia tanto es para establecer un límite al involucramiento de una persona con su prójimo. Y el diálogo, sobre todo entendido como sentido mutuo, exige un grado de compromiso que sería fácilmente interpretado de intromisión. La tolerancia indiscriminada que se alza como estandarte de las democracias postmodernas, aísla a las personas; prohíbe la misericordia porque la tacha de soberbia, prohíbe la solidaridad porque la tacha de intrusión, prohíbe el perdón porque lo tacha de lástima, prohíbe la búsqueda de la verdad porque la tacha de dogmatismo, y prohíbe la defensa de la vida porque la tacha de atentatoria contra el derecho a la muerte.

Por eso hay que defender el diálogo que permite comprendernos para alcanzar el diálogo que permite amarnos.

La sociedad postmoderna es una sociedad hastiada que no cree en la posibilidad de la comunicación, pero le llama así a lo que es información y entretenimiento para masas. Pero la verdadera comunicación, que es otro nombre del diálogo, es siempre personal y comunitaria. La diferencia central radica en la idea que se tiene del ser humano. Si se parte de que el hombre es un ser de relación, un ser para y por el encuentro, entonces se entiende la comunicación de ideas y de bienes e incluso se comprende que las almas tienen un grado de comunicabilidad que posibilita la intimidad. De esta manera, el sentido de vida característico y propio en cada persona - única e irrepetible -, tiene la posibilidad de complementarse con el sentido vital de otra persona, en el ámbito de encuentro creado por los dos sujetos. Precisamente porque el sentido es siempre salida de sí. Y lo que en el diálogo, como intercambio de la palabra, es respuesta; en el diálogo, como sentido compartido, es responsabilidad.

Ambas, respuesta y responsabilidad, piden la apertura al llamado, a la vocación. Y así como las personas, las comunidades tienen una vocación definida, pues el sentido vital de sus miembros se entreteje y se nutre con el sentido vital de quienes se han marchado ya - pero dejando su aportación en la historia y en las tradiciones - y así la comunidad se proyecta al futuro.

El diálogo, como sentido compartido, tiene características que lo distinguen de la primera dimensión, como palabra mutua. Elementos que, a la vez que lo distinguen, marcan su exigencia.

La Apertura, que guarda elementos comunes por los dos niveles del diálogo (pues ambos son dos dimensiones de la energía centrífuga de la vida), que implica escuchar y esperar sin irrumpir, ni invadir, aguardando, primeramente, para donarse en el momento justo. La apertura debe suponer la práctica del silencio, cada vez menos frecuente en nuestra sociedad, para construir nuestro mundo interior y confrontarlo continuamente con la realidad externa. La apertura permitirá, ante el otro, la simpatía, como facultad para comprender, (sympatheia) padecer junto con y apasionarse junto con; insistiendo en el amor de concurrencia, por el cual no sólo sentimos pasión por el otro, sino con el otro.

La Comunicación mutua, es decir, el diálogo en su primera dimensión. Ser veraz y confiable, constante en la comunicación, para construir y mantener el principal andamiaje para la relación verdadera y desinteresada. Implica siempre y como condición previa, la apertura mencionada anteriormente. La comunicación se convierte así, en uno de los principales valores de la vida comunitaria y democrática.

La Aspiración a la Belleza, porque la vida estética, a pesar de experimentarla de manera entrañablemente íntima, el ser humano la localiza en el exterior como juego de relaciones armónicas y ordenadas que parten de la apertura por medio de la cual aprecia y percibe, puede leer la realidad e interpretarla, crea ámbitos de relación, crea símbolos, y levanta el edificio cultural que se constituye en uno de sus más característicos rasgos; especialmente por medio del arte que responde a la inútil necesidad de comunicar el espíritu y de transformar la realidad.

La Voluntad de Sentido, mediante la cual, la persona se explica a sí misma y da razón de su presencia en el mundo. La voluntad de sentido, es respuesta responsable ante las grandes interrogantes humanas: ¿quién soy? ¿por qué yo, aquí y ahora? ¿qué sentido tiene mi existencia? Y, finalmente y dado que el sentido se descubre ante la presencia reveladora del otro, la respuesta a la pregunta del Génesis: Caín, ¿dónde está tu hermano?

La Generosidad: que implica dar, a tal punto, que se genere en el otro y con el otro, una nueva realidad que, en unidad, propicie una vida más plena, donde se comparte lo que se es y lo que se puede ser; es la generosidad en su posibilidad creadora, la que permite compartir los sueños y fabricar el futuro común, característico de la segunda dimensión del diálogo.

La Fidelidad, como la proyección de nuestra libertad, de perfeccionar el libre albedrío de tal forma que trasciende las barreras del tiempo. Por ello decía Chesterton: No hay libertad que aprecie más, que aquella que me permite comprometerme. Y la fidelidad entendida también como la confianza, fruto de la verdad y la transparencia, que debe prevalecer entre quienes se relacionan, para emprender proyectos comunes y mantenerse unidos con lealtad.

El Sentido de Justicia, pues no hay futuro común, sin un trato equitativo, sin el convencimiento de la igualdad humana, en virtud de la dignidad personal. La justicia debe iluminar también la disposición de trabajar al servicio del otro, porque es persona y sus derechos son mis obligaciones y mi primer derecho y privilegio está en tenerle como hermano del cual debo responder.

El Sentido Histórico, mediante el cual, la comunidad adquiere identidad y sentido de pertenencia de un modo trascendente, pues entiende que se ha convertido en el futuro de las generaciones pasadas y será el pasado de las generaciones futuras. La historia es la casa común del tiempo de los hombres.

La Cordialidad, entendida como hacer las cosas con el corazón, nos permite hacernos amables, dignos del amor. Al entablar la relación personal, el otro pasa de ser un simple otro a ser un tú. Yo y Tú, relación en la que Yo, debo también preocuparme en ser un Tú adecuado, un Tú digno ante los ojos del otro.

La Concordia entendida como la unión de corazones es un modo muy elevado y rico de ámbito de encuentro, y es de tal manera importante para la justicia y la democracia, que es el factor imprescindible que determina a una sociedad, según la definición de San Agustín: El pueblo es una congregación de una multitud racional, unida por compartir en concordia los objetos que ama (7).

El trabajo más delicado de la educación es éste: conseguir que cada persona descubra y asuma su particular sentido y pueda establecer el diálogo vital con los miembros de su comunidad. La pedagogía moderna insiste en que la educación ha de estar centrada en el alumno, pero éste es un error del mismo género que desea evitar, erradicando la instrucción que suponía centrada en el maestro. Mas, si la educación es verdaderamente dialógica, en los dos niveles que hemos mencionado, estará siempre centrada en el encuentro.

El trabajo más delicado de la política es éste: hacer de un pueblo una comunidad de fines, en la que cada ciudadano se pueda encontrar en el bien común y pueda amar en concordia, y más allá del tiempo presente, objetivos comunes. Teniendo en cuenta que el término utilizado por el obispo de Hipona para definir los objetos que se aman, es el latino diligere que es el verbo que también da origen a la palabra diligente; es decir, este amor que congrega, sólo puede entenderse desde la acción participativa. La congregación humana así concebida, es consciente de sí como comunidad, por ser racional, se entiende en un momento histórico, con una herencia cultural y un porvenir que depende de ella misma, en virtud de su libertad, ejercida en unidad de concordia por fines superiores a la suma de los egoísmos de sus miembros.

Y hay todavía dos significados del logos, que vale la pena considerar para redondear la idea que deseamos darle al diálogo. En primer lugar, el logos de los estoicos, como principio vital de todo cuanto existe y en segundo lugar, el Logos hecho carne que pone su morada entre nosotros.

Con frecuencia se les ha relacionado, mas la diferencia esencial estriba en que mientras el logos helénico es un orden inasible e incomprensible para los hombres, el Logos de San Juan es Palabra viva que sin necesitar al hombre, lo hace libremente necesario para compartir con él su experiencia de amor personal, divinizando a la creatura y sacralizando la historia. El diálogo con este Logos es la comunión de Dios con los hombres. Esta dimensión es de vital importancia, incluso para ser considerada por quienes no comparten la idea de un Dios personal. Los valores absolutos son indispensables (aun aceptando la hipótesis de que no existieran) para poder establecer un parámetro ético en cada persona. Del mismo modo, asumir que la vida humana tiene una dignidad sacra, es fundamento para el desarrollo de la comunidad, para el respeto y para el reconocimiento de los derechos humanos.

Tenemos, pues, tres dimensiones para el diálogo que definen ónticamente a la persona: la del lenguaje que permite el entendimiento humano; la del sentido vital que permite el compromiso, y la de la hierofanía, que permite trascendernos y amarnos radicalmente.

Mucho más entendible es para alguien que ha vivido la experiencia de amor de Dios y por ella se desborda hacia los demás en una alegre gratitud. “Ha sido tu voluntad hacerme infinito, decía Tagoré, porque derramas eternamente tu gracia inefable en mis pequeñas manos y sin embargo nunca se llenan” (8).

Extender esas manos hacia el otro y, entrelazadas, buscar el bien de un tercero es fruto del diálogo de Dios. Y para ello, nuevamente, la primera condición es la apertura; para recibir la Palabra, es necesario el silencio.