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PRINCIPIOS PARA UNA DEMOCRACIA PERSONALISTA Y COMUNITARIA

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Publicado en la edición número Uno

¿Está siendo la democracia el gobierno del pueblo para el pueblo y por el pueblo, según reza el eslogan? Parece que la democracia de hoy no interesa a marginados y desarraigados, que ni siquiera llegan a planteársela porque bastante tienen con sobremorir cada día; ni a los tan pobres económicamente y tan desestructurados que apenas logran emerger del fondo oscuro de su caverna: alcoholizados, drogados, deprimidos, etc.; ni a esos inhumanos que por creerse únicos en su especie carecen del menor sentido del tú (más que demócratas, egócratas); ni a los “puros”, esos “demócratas de los espíritus”, pero no de las vidas; ni a los “pacientes” que nada hacen porque ya gozan de su nimbo etéreo -el partido de los pacientes no es casi nunca el partido de la paciencia-; ni siquiera a los “preocupones”, pues como bien escribiera Ortega y Gasset en su En torno a Galileo, en general, entre los humanistas predomina la falta de vergüenza, pues demasiadas veces los así denominados humanistas son hábiles camaleones acomodables al sol que más calienta, con las correspondientes retóricas ad hoc. ¿A quién afecta, pues, la democracia? Una democracia decente sólo interesa a personas que quieren ser decentes, especialmente cuando ello pudiera perjudicar sus propios privilegios.

Los siete axiomas rectores de una democracia personalista y comunitaria de personas que prefieren honra sin barcos antes que barcos sin honra son los siguientes:

Axioma aretológico: No hay democracia sin demócratas virtuosos. No hay virtud sin acción, sin participación. Gracias a las tecnologías, hoy sería del todo posible el establecimiento de una democracia de participación popular simultáneamente, en tiempo real. Las tres virtudes participativas más importantes son: virtud del riesgo, por desgracia tan identificado por los cobardes con la temeridad; virtud del tiempo, es decir, de la urgencia y la exigencia del dolor ajeno; virtud del control de los poderes: o trabajamos juntos, o nos cuelgan por separado.

Axioma isagórico: No hay democracia sin aquello que los griegos denominaron “isagoría”, es decir, misma loquicapacidad, igual valor de lo hablado por los iguales, rechazo de ser la mera “voz de su amo”. En la democracia todos tienen voz y voto, sin que esa voz y ese voto de unos pocos valgan más que la de casi todos. Esto último es lo que sucede en las denominadas “democracias representativas”.

Axioma isocrático: No hay democracia sin autogestión popular, comunal, social. Ella sólo encuentra su realización en las democracias participativas, aquellas que honran su etimología: democracia es “poder popular”. No cabe poder popular alguno al margen de un humanismo universal. Más que demócratas formales queremos ser humanócratas; más que patriotas convencionales, apátridas. Estemos donde estemos, provengamos de donde provengamos, sobre todo nos consideramos nómadas y mestizos de todas las patrias, y por ende multirraciales y muticulturales: somos alaopolitanos, nuestro pueblo está en todas las polis y en ninguna, pues se enraiza en ellas sólo para trascenderlas. Y esto exige la universalización de la cultura de la persona y la lucha contra todo lo que la impide. Desde este punto de vista, nos declaramos abiertamente abiertos a la “demopedia” o educación popular. Sin democracia cultural no tendrá lugar la democracia política. Aspiramos al testimonio del que brota el magisterio honorable.

Axioma místico: No hay una democracia “realista” en la gestión y otra “utópica” en la ideología. No cabe separar el “mercado del capital” del “mercado de las ideas”, separación tan propia sin embargo de las conciencias y de los lenguajes domesticados. Nada de sumar “humanismo cognoscitivo” más “capital fáctico” para obtener demopedia y democracia auténticas. Imposible separar ética y política, como ya dijera Charles Péguy: “Mística republicana la había entonces, cuando se daba la vida por la República; política republicana la hay ahora en que se vive -¡y de qué modo!- de la República!” Precisamente por eso nosotros entendemos la política como la organización sistemática del amor.

Axioma posconvencional: No es demócrata quien desea para sí lo que no desea para los demás, o desea para los demás lo que no desea para sí. Frente a la reciente afirmación del Presidente del Imperio del mundo, nunca afirmaremos lo que él ante el G-8: “No haré nada que vaya contra la economía de mi país”; nosotros diremos: “No haremos nada que sólo favorezca a nuestro país, y menos a costa de los demás países”. Política que no sea posconvencional sólo es patria y grito de guerra administrados por quienes se llevan los honores, mientras los pobres ponen los muertos. El nacionalismo sólo puede serlo dentro del internacionalismo.

Axioma del “como si” respecto de lo que podemos hacer, no respecto de lo que podríamos hacer y no hacemos: actuar como si creyésemos que valemos la pena nosotros mismos, es decir, como si fuésemos no sólo “valiosos” teóricamente, sino además “virtuosos” activamente; como si fuera posible la toma del montón, que en el movimiento obrero más noble se tradujo en este lema: “de cada cual según sus posibilidades, a cada cual según sus necesidades”; como si cupiera olvidar nuestro egoísmo particular, en favor de un radical de humanidad del tipo “todos para uno, uno para todos”; como si nos estuviésemos muriendo ahora mismo creyendo que aunque morimos no morimos, como si soñásemos despiertos y despertásemos soñando; como si Dios existiera y desde entonces no fuésemos nosotros unos dioses fracasados; como si Dios fuera nuestro invitado en la Tierra y pudiésemos verle con rostro humano: en el que tuvo hambre, en el pobre, en el desnudo; como si le invitásemos a nuestra mesa antes de ser invitados a la suya, y todo ello ¡con alegría!

De esos axiomas derivan otros tantos momentos téticos. En efecto, convencidos de que en el fondo de todo ser humano laten más cosas dignas de admiración que de desprecio, aunque no lo parezca a veces, los personalistas comunitarios trabajamos en nuestra vida cotidiana a partir de las convicciones siguientes:

Vivir de otro modo: Estamos convencidos del valor de nuestra opción personalista y comunitaria, aunque el mundo se venga abajo. Aunque ante el mundo pareciera que somos fracasados, nosotros no echamos cuenta de nuestro balance de resultados. Cuando nos preguntan sobre la propia organización nuestra damos respuestas analíticas, pero nuestro referente último es el testimonio. ¿Quieren saber desde dónde hablamos? Vengan y vean. El acontecimiento es nuestro maestro interior, como decía Emmanuel Mounier. Despreciamos las palabras sin obras, o al menos sin voluntad de enraizamiento o encarnación. Donde sólo hay palabras no hay palabra.

Tener esperanza: Si lloramos demasiado, las lágrimas nos impedirían ver el sol. Porque Dios tiene fe en nosotros, nosotros la tenemos en Dios, y por ende en los demás y en nosotros mismos. Desde ahí, nuestro optimismo es trágico: no olvida el dolor del mundo, y muy en especial el de los más empobrecidos. Por eso cuando el dedo señala la luna sólo el imbécil mira el dedo.

Convertirnos: A pesar de nuestro pecado, queremos convertirnos permanentemente, conversión que es a la vez personal y estructural: cambiar nuestro corazón exige al mismo tiempo luchar contra las estructuras de opresión y de opresión, es decir, contra el mal y el pecado que existe en el mundo. Esto exige reconocer la propia vulnerabilidad. No es democracia la que únicamente pretende socializar las ganancias en una parte y las pérdidas en la otra. Un mundo globalizado no admite esos acantonamientos disimétricos: uno de cada cuatro ricos, y tres de cada cuatro pobres.

Trabajar desde la gratuidad total: La gratuidad es lo más rentable, pues construye comunidad. No ganamos nada en nuestra dedicación a la causa personalista, antes al contrario invertimos en ella: no vivimos de ella, sino para ella. Nadie nos subvenciona, ni queremos que nos subvencionen. Las ONG’s corren el riesgo de depender de quienes les pagan y les dictan las normas.

Estar disponibles: Nuestra militancia no es de mero “tiempo libre”. Cuando está liberado de superfluos, el tiempo resulta muy abundante. Por lo mismo, cuando nuestro dinero está libre para el desarrollo del personalismo comunitario, da mucho de sí. De ahí nuestra opción de vida sobria. Somos fértiles porque nos dedicamos a lo esencial, aunque la jornada sea dura.

Emprender grandes gestas desde los pequeños gestos: Da más fuerza sentirse amado que creerse fuerte. Aunque sin ánimo de lucro, nuestra empresa es muy interesante; nuestro interés no deriva del capital invertido, sino de la alegría de poner a disposición de los necesitados lo que tenemos; nuestro crédito brota de creer que hay en todo ser humano más cosas dignas de admiración que de desprecio. Somos accionistas pequeños y sinérgicos. Tenemos muchas casas, las de todos nosotros, es decir, muchos palacios, ya que una casa fraterna es el mejor palacio. Somos empresarios especialistas en prójimo, él es nuestra rentabilidad.

Afirmar la vida: Nuestra empresa es ecohumana: ni somos empresarios de comidas para perro, ni de aquello que da muerte a la naturaleza. Evidentemente, estamos ante todo en favor de la vida, y siempre en contra de la muerte. Dentro de esta visión, consideramos la vida humana como un fin en sí mismo, que ha de ser defendido siempre y en cualquier circunstancia desde el instante mismo de la fecundación. El aborto es un crimen de lesa inhumanidad.