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SIN EL OTRO

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Publicado en la edición número Uno

Desde, al menos, hace cuatro siglos asistimos a un contundente, pero taimado, proceso de 'descomunitarización', de pérdida y perversión de la comprensión y experiencia de lo comunitario. El fenómeno se manifiesta en varias formas: en la identificación de la comunidad con la mera asociación, en la concepción de la comunidad como grupo cerrado y, finalmente, en la promoción en su seno de individuos y no personas. En todo caso, lo que hay de común en las tres facetas es la exclusión del otro. Pero lo pasmoso ha sido que al socaire de esta degradación de lo comunitario han surgido diversas doctrinas que reclaman para sí precisamente la promoción de lo comunitario. Así el comunitarismo ético norteamericano, la ética comunicativa de la Escuela de Frankfort o la sociología organicista de Tönnies. Todas ellas coinciden en concebir la comunidad como una propiedad del sujeto, como un conjunto de propiedades o predicados que une a un conjunto de individuos en un gran organismo que les pertenece. Es la concepción que está a la base de los nacionalismos excluyentes, de los organicismos -desde el de Aristóteles hasta el del mismo Tönnies- y de diversos usos ambiguos o, cuando menos, impropios del término comunidad. Todos ellos plantean la comunidad como 'lo nuestro' con exclusión de 'los otros'. Todos entienden la comunidad en el sentido etimológico primario: como estado o carácter común, que pertenece a todos. La communio es, entonces, lo de 'todos nosotros', pero siendo eso común ‘propiedad’ del individuo. Por tanto, estos comunitarismos son perfectamente compatibles con el individualismo exluyente que promociona el neoliberalismo. Y es así porque se trata de una comunidad excluyente, de una comunidad que establece límites en los que anuncia con claridad: 'Prohibido el paso, propiedad privada'.

 

1.      Pero, entonces, ¿qué es 'comunidad'?

Es evidente que nuestra perspectiva es otra bien distinta. Nos situamos ahora nosotros en una concepción más radical, a la que podemos acceder por vía etimológica: la comunidad como el cum-munus (1)Aclaremos primero el sentido del munus. El termino se refiere a tres áreas de sentido: el oficio o la función que se realiza (officium) (2)la obligación, el deber que hay que cumplir, el servicio cumplido (onus) (3) y, en tercer lugar, el don, el regalo, el favor (donum) (4). Los tres ámbitos perfilan el sentido del munus: se trata, en efecto, de una función y de una obligación. Pero son tal en tanto que don. Se trata de un don que uno está obligado a dar en término de retribución necesaria o como servicio necesario. Se trata del don o regalo que se tiene la obligación de dar por haber sido uno mismo, antes, objeto de otro don. Se trata de un don que se debe dar porque se ha recibido con gratuidad. Por ello el adjetivo munificus significa generosidad, no reservarse para sí lo que se ha recibido.

Ahora podemos preguntarnos por el cum, por lo que tienen en común los miembros de una communitas. No puede ser algo que poseen en común sino, más bien, el ‘compartir una carga’, tener una deuda, una obligación o función en común. Esto, y no otra cosa, es lo que permite la munio, esto es, la edificación, la construcción de lo común. Así que esto común es la obligación que se ha contraído con el otro, con los otros. La gratitud por el don recibido exige una donación. Por eso, la antítesis de la communitas es la immunitas, esto es, la situación de aquel que no ejerce su generosidad con otros, que está ‘a salvo’ de los otros pues no se siente en deuda con ellos, que no tiene que darse porque se sitúa en un munere vacare (estar libre de servicio). El inmune es que pretende situarse exluyendo al otro.

La comunidad es, en fin, el conjunto de personas que se descubren como deudoras de todos los demás, como don para los otros. No se trata de algo que poseen en común (lengua, ADN, territorio, hogar), sino el conjunto de personas que comparten una identidad donativa respecto de los otros. Cada uno de ellos se descubre como donado y donante, como genitivado y genitivante, como siendo desde otro y para otro. La comunidad es, pues, una estructura de donación mutua que supone una mutua afirmación: "Si prestamos atención a la etimología latina, la palabra communio designa tanto la confirmación y el refuerzo que es efecto de la unión de muchos que existen y obran juntos, idea que subraya la preposición cum, como también la confirmación y el refuerzo, la afirmación recíproca como peculiaridad de la unión que impulsa a los hombres a juntarse" (5). Esta afirmación se realiza mediante la donación mutua. Y esto implica que ser en comunidad es una situación personal de alteración, de vivir para el alter. Frente al individuo aislado, limitado, inmune, la persona en comunidad es aquella que está expuesta, que está en deuda con otros. La comunidad es, por tanto, el entramado de donaciones debidas que les alteran, les alterifican. Por eso, esta unión, esta convivencia donativa es la antítesis del contrato, pues el contrato sólo surge entre individuos. Ni contractualismos ni neocontractualismos son capaces de entender lo comunitario, porque se sitúan en sus antípodas, porque, en comunidad, el vínculo de los que se donan es metacontractual, acontractual, an-árquico. No hay más nomos ni más arché que el que brota de su entrega al otro.

                  

2.  Immunitas y communitas: individuo y persona

La oposición immunitas/communitas constituye un criterio adecuado para avanzar en nuestro análisis de las formas variadas de exlusión del otro. Las pseudocomunidades y las comunidades responden a dos talantes distintos y a dos orientaciones biográficas distintas: al tipo de existencia de individuo y al tipo de existencia estrictamente personal.

Denominamos individuo "a la dispersión de la persona en la superficie de su vida y a la complacencia de perderse en ella" (6). Elindividuo es dispersión, disolución de la persona en la materia, en la acción, pérdida en lo múltiple e impersonal. Hombre anónimo, sin vocación, sin sentido, sin horizonte, sin familia, sin vínculos personales. Se repliega sobre sí, narcisista. Su actitud básica es la de poseer, reivindicar y acaparar. En las cosas pone su seguridad (7). El individuo se pierde en sus roles, en los personajes que representa. Pero, sobre todo, el individuo, separado de todos y todo, opta por la disolución en la soledad (8): "individuo abstracto, buen salvaje y paseante solitario, sin pasado, sin porvenir, sin relaciones"(9). Por todo ello rechaza todo compromiso con aquello que no suponga un beneficio. Por tanto, su propio tipo de vida es antitético a la donación gratuita de sí mismo. Sólo es capaz de afirmarse a sí, exlcuyendo al otro como persona. El individuo, pues, es el que se inmuniza frente al otro, el que rechaza todo compromiso con lo que no sea su estricto horizonte de interés.

Si la communitas está ligada a concebir el propio vivir como compensatio, como un descubrirse en deuda ante el otro que se hace presente, el individuo concibe su immunitas frente al otro como dispensatio, como ajeno a las necesidades del otro. El munus no lo concibe el individuo como gratia, como gracia recibida y debida, como donación agradecida por lo recibido de los otros (gratus). Antes bien, su vida se instala en la ingratia, por lo que ve al otro como ingratus, esto es, desagradable, molesto. Por tanto, a lo máximo que aspira es a la asociación con el otro, al contrato de intereses mutuos (mientras dura dicho interés).

Por el contrario, la persona, es "señorío y elección, es generosidad" (10), superación y desprendimiento (11). Frente a la dispersión del individuo, la persona es dominio de sí, unidad de vida y disponibilidad. El primer deber de la persona no es salvar su persona sino comprometerla con otros, donarla a otros. Esto implica que, según vimos detenidamente en la primera sección del presente ensayo, la persona está naturalmente abierta a la comunidad, que es su 'lugar natural'. En communitas, su libertad es experimentada como adhesión y compromiso con otros. Ser persona, por tanto, supone ser generadora de comunidad, ser foco de luz, pues la persona "no se encuentra sino dándose" (12), mediante un doble dinamismo de acogida y donación. En ello radica su riqueza, pues "solamente nos encontramos al perdernos; sólo se posee lo que se ama (...) Sólo se posee lo que se da" (13).

 

3. Los modos de la inmunitas

La inmunitas supone la exclusión del otro: la exclusión del otro de mi vida, de mi grupo, de mi nación, de mi eurorregión.... Desde esta perspectiva es desde la que es posible afirmar, con Sartre, que 'el infierno son los otros', aunque, en la práctica, son la persona o el grupo excluyente los que se infernalizan, los que se cierran a todo encuentro con personas, quedando reducidos a su propia y angosta individualidad. Esta actitud supone, en su base, la afirmación absoluta de uno mismo y de lo propio o privado y la exclusión del otro. Esta actitud, mantenida por individuos, naciones, regiones, familias, iglesias, grupos, cobra variadas formas:

En primer lugar, la indisponibilidad. Consiste en estar disponible sólo para los propios intereses, para hacerse cargo 'de lo de uno' pero renunciando a todo horizonte de responsabilidad que desborde el propio limite individual. Paradigma de esta postura es la pregunta de Caín, tras ser inquerido por su hermano: "¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?" (14)

En segundo lugar, la exclusión puede ser indiferencia. Es la situación en la que si el otro existe, no importa. Se trata de una ceguera ante el otro. Su vida no es algo que 'me sucede' sino que le sucede a él y que a mí no me afecta. Esta indiferencia se puede manifestar como silencio, como no nombrar y, por tanto, como no considerar al otro  como persona. Esta indiferencia e inmunidad respecto del otro resulta destructiva del otro. La indiferencia respecto del otro es una dolorosa tragedia en la vida en común que la conduce de la convivencia a la mera coexistencia. Así, el Norte suele ser indiferente ante la tragedia del Sur, aunque el Sur cobre forma de inmigrante a la puerta de su casa.

También la exclusión puede consistir en acusación. Consiste en hacerme cargo del otro sólo para acusarle, para establecerme como juez del otro, para etiquetarle, para descalificarle. Ésta, además de ser una forma de violencia,  es una forma de cosificación que impide todo encuentro y todo diálogo. Es la pretensión de que el otro se someta a los propios esquemas de comportamiento.

Por último, la exclusión siempre cobra forma de clausura, de cierre legal, físico, fiscal, económico, aduanero, psíquico o conceptual al otro. Se cierra el individuo en su casa, la nación tras sus fronteras, el Norte se blinda tras sus leyes y ejércitos.

 

4. Las formas de inmunitas: sin el otro

La exclusión del otro puede darse en varios órdenes: en el individual, en el familiar, en el grupal, en el nacional o en el internacional. Digamos algunas palabras de cada uno, que no serán sino ejemplo y muestra concreta de lo dicho hasta ahora.

a.      Del individuo como aquel que excluye al otro de su vida ya hemos tratado: su deseo de crecer sin el otro (aunque a costa del otro) es, en realidad, el paradigma de cualquier otra exclusión. El individuo es aquel que sólo concibe al otro o como útil o como estorbo, pero excluyendo siempre la posibilidad de acogerlo y de darse a él. O se asocia con el otro o lo utiliza, pero rechaza de raíz todo encuentro con él. El individuo se blinda frente al otro.

b.      Este mismo modo de proceder tiene su trasunto en un tipo de familia no comunitaria, que podemos denominar la familia-clan, grupo perfectamente estructurado internamente, en la que cada uno cumple con sus roles, en los que se atiende a 'los de dentro' con esmero y se defiende de los de fuera, tratándoles con frialdad o con hostilidad. Son aquellos que aspiran a tener seguros (y asegurados) a 'los suyos' cerrando los ojos ante cualquier necesidad ajena. Suelen ser grupos apiñados en torno a ideales de bienestar, de tranquilidad, que rechazan cualquier proyección o compromiso externo. Grupo socializante (hasta la asfixia) pero no personalizante, pues las 'tradiciones' se imponen a las personas, y se toman como inmutables y absolutas.

c.      En tercer lugar, son infinidad los grupos -sindicales, políticos, eclesiales, vecinales, intelectuales-, en los que con pasión se atiende a las propias actividades, reuniones, objetivos, en los que se da una gran vida interna, pero en los que se ignora o menosprecia a los de fuera del grupo. Son grupos que tienen en sí su fin, pero que se desinteresan de cualquier necesidad  en los que se desarrolla con fervor la reivindicación de 'sus derechos' o de 'sus necesidades', como si fuesen los únicos, ignorando los derechos y necesidades de otros, muchas veces menos favorecidos. Se trata de grupos algodonados, en los que sus miembros sienten gran placer con la mutua compañía, pero que no pocas veces dicha dulzura se torna fiera crítica o descalificación a los que no piensan, viven o actúan como ellos.

d.      La nacionlatría, fenómeno en auge,  también resulta una forma exquisita y demoledora de egoísmo colectivo. El imperativo categórico de los grupos nacionalátricos reza así: amarás a tu tribu sobre todas las cosas. Y esto, en la práctica, supone la promoción del egoísmo compartido, de la communitas en el primer sentido aquí reseñado: lo nuestro para nosotros y lo de los demás, también. La nacionlatría se basa en el intento de homogeneización étnica, lingüística o cultural, por lo que no puede a nadie extrañar que, antes o después, la exclusión del otro termine en persecución, asesinato, genocidio o deportación masiva. Se trata de una forma política, que no cultural, como el nacionalismo, en la que la persona se debe a la nación, estableciéndose determinados criterios, siempre arbitrarios, de inclusión o exclusión, y defendiéndose esta posición con peligrosa visceralidad. El amor a las raíces, a la propia esencia (¿?) y la reviviscencia de los elementos de cultura material se ponen como pretexto para ocultar su auténtica realidad: oligarquías que aman el coche oficial  y las prebendas del sillón de mando sobre todas las cosas, que manipulan y fanatizan a sus pueblos para lograr un poder que, luego, administran tiránicamente. Las naciones ni tienen esencia inmutable ni son ahistóricas, ni son el marco último que asegura una vida personal. Por eso nunca puede ser su defensa el objetivo último de un colectivo. Además, si se habla de defensa, siempre supone un 'enemigo' contra el que defenderse, ficción que todo naciónlatra debe cultivar para poder ser.  Así, mientras el nacionalismo cultiva la diferencia propia (como aportación propia a otros grupos o naciones) y preserva la riqueza y la diversidad interior, la nacionlatría, ad extra,  pretende defender la diferencia como instrumento de segregación y de clausura frente a los otros y, ad intra, impone una homogeneización fundamentalista.

e.      El mismo perro con otro collar se presenta  a nivel internacional. Desde el invento insostenible de la 'Europa de los Pueblos' hasta la Unión Europea, son formas de exclusión, formas de defensa de lo propio contra los otros. En este ámbito, lo vemos con frecuencia, se establecen dogmática, arbitraria y unilateralmente,  'el eje del mal' y 'el eje del bien', apuntándose muchos, como corderos descerebrados, al eje del bien, no vayan a pensar los amos que no se está con ellos. De este modo, se absolutiza lo propio atribuyéndole, a una, todos los trascendentales: lo nuestro es lo verdadero, lo bueno, lo único y lo bello. De este modo, los otros son lo falso, lo malo, lo diferente, lo feo.

 

Dicho esto, sólo queda hacer una constatación: el personalismo comunitario se presenta como respuesta adecuada a este vasto proceso de descomunitarización, de exclusión del otro diferente. Y esto pasa por el reconocimiento de la dignidad de toda persona, de su dimensión comunitaria en tanto que cum-munus.  Recuperar la experiencia de lo comunitario parece una de las tareas de nuestro tiempo.