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X

TRES MIRADAS CRÍTICAS A EUROPA

en
Publicado en la edición número Dos

Presentamos aquí nuestro punto de vista sobre Europa que, si bien no representa una posición común de los grupos personalistas españoles, sí refleja el pensar y el sentir de muchos de ellos, probablemente de una mayoría. Desde nuestro punto de vista Europa es una modalidad cultural o espiritual de la humanidad, sin embargo, se insiste en llamar construcción de Europa al proceso de construir otra cosa: un gran supermercado. Hay que deshacer este malentendido, el único proceso real que se ha dado hasta ahora y el único plan de futuro es un mero proceso de integración económica, en función del cual se ha reprimido el genio revolucionario europeo.

Creemos que hay que superar los pequeños estados y sus pequeñas políticas mediante la federación de Europa, sin embargo no queremos cualquier Europa, queremos una Europa grande en sus ideales, fuerte con los fuertes y generosa con la humanidad. Para esa gran Europa reclamamos los grandes caminos de utopías y denunciamos las grandes miopías. Creemos que Mounier también habría optado por estas vías. Desde su inspiración lo primero es llamar a las cosas por su nombre, acabar con la indefinición y plantear las cuestiones esenciales e ineludibles: ¿Qué es Europa? ¿Qué Europa queremos construir? ¿Cómo hacerlo?

 

1) Por un alma para Europa

Frente la indefinición actual de Europa, tan amorfa en su geografía, en su historia y en su cultura, y tan plástica a las influencias de los mercaderes y banqueros, creemos que la identidad europea se debe definir nítidamente por la herencia cristiana (1).

Sería fácil criticar esta opción como sospechosa de intereses confesionales, sería fácil rechazarla con la excusa de la tolerancia, por eso, y para dar que pensar, preferimos citar al más grande, lúcido y sincero ateo que ha dado Europa, a F. Nietzsche: “En una palabra, ¡esta debe ser nuestra palabra de honor!, somos buenos europeos, los herederos de Europa, los ricos, los colmados, pero también sobreabundantemente obligados herederos de milenios de espíritu europeo; en cuanto tal procedemos del cristianismo y estamos en contra del mismo, precisamente porque procedemos de él, porque nuestros antepasados cristianos eran de una honradez del cristianismo sin miramientos, que ha sacrificado voluntariamente sus bienes, su sangre, su situación y su patria a su fe...” (2) Nietzsche reconoce también la contribución de los judíos: “nosotros los artistas entre los espectadores y filósofos sentimos por ello gratitud para los judíos” (3).

Este ateo reconocerá sin problemas que: “es siempre una fe metafísica aquella sobre la que descansa nuestra fe en la ciencia; también en nosotros, hombres del conocimiento de hoy, nosotros ateos y antimetafísicos, continuamos tomando también nuestro fuego del incendio que ha encendido una fe milenaria, aquella fe cristiana que era también la fe de Platón, por la que Dios es la verdad y la verdad es divina” (4).

Aquí se reconoce que la identidad europea tiene sus orígenes en unos fundamentos claros que simbolizamos en tres ciudades: Atenas, Jerusalén y Roma, es decir, sobre el logos –razón y palabra–, la fe que declara al hombre interlocutor de Dios y el derecho. Estos elementos básicos, a través del cristianismo, dieron lugar a la civilización europea, cuyo dinamismo se ha manifestado en renacimientos, reformas, ilustraciones y revoluciones, por los cuales Europa ha madurado superándose constantemente a sí misma.

Partiendo de presupuestos culturales y éticos, decimos, por tanto, ¡no a una Europa burguesa, resultado de la fe en los pequeños dioses del beneficio y del bienestar! No, a una Europa enferma, cuya radiografía en el Tratado para la Constitución presenta el siguiente esqueleto: la palabra banco aparece 176 veces, la palabra mercado 88 veces, la palabra comercio 38 veces, las palabras competencia o competitivo 29 veces, la palabra capitales 23 veces... la expresión dignidad humana sólo cinco veces. En resumen, el Tratado consagra la nueva fe de Europa: el economicismo.

En cambio, decimos sí a una Europa de la fe en los grandes valores que están por encima de ella misma –fraternidad, igualdad, libertad, vida, verdad...– y que le pueden exigir el sacrificio de bienes, sangre, situación y patrias.

¿Laicidad?, de acuerdo. Pero también la laicidad, como en su tiempo la cristiandad, ha de elegir entre Dios y el dinero. La laicidad no sirve a Dios, pase, pero ha elegido servir al dinero y, por esa razón, también es parte del desorden establecido. Mounier condenó la cristiandad y nosotros le damos la razón. Las instituciones europeas han de construirse sobre una laicidad indispensable. Pero cuidado, si hoy la laicidad hace el papel que hizo la cristiandad, parafraseando a Mounier, habría que hablar de la laicidad difunta. Es decir, la laicidad cumplirá su papel ejerciendo la neutralidad respecto a las creencias religiosas o irreligiosas y respecto a las concepciones de Dios. Pero no hay neutralidad posible entre Dios e ídolos, ni entre un mundo a medida de la persona y un mundo cosificado. Si la laicidad, ignorando los fines más humanos, da la primacía a una mera racionalidad instrumental que, en definitiva, está al servicio de los objetivos de los poderes dominantes, entonces no es más que una ideología encubridora.

 

2) Por una democracia real para Europa, como etapa en el camino a la humanidad única

Estamos contra una Europa burguesa, que se ha enriquecido y que no tiene más proyecto que seguir enriqueciéndose. Contra una Europa donde el dinero, que es lo que más importa, es soberano por encima de los pueblos, donde la mercancía está llamada a ser libre y la persona a ser una función de la economía, especialmente por el consumismo. Como había previsto Mounier el capitalismo podía eliminar las necesidades humanas al precio de una estabulación de las masas, a las que extendería el bienestar burgués y la falsa felicidad de la posesión de una infinidad de cosas más o menos útiles. Al hablar de esta felicidad, Mounier cita a Dovstoyeski: “... ‘Les daremos una felicidad silenciosa, humilde, la felicidad que conviene a las criaturas débiles que ellos son... Ciertamente nosotros les haremos trabajar, pero durante sus horas de ocio organizaremos su vida a la manera de un juego de niños... les permitiremos incluso el pecado, sabiendo que son débiles y desarmados... Serán librados de la gran preocupación y de las terribles angustias actuales que consisten en elegir por sí mismos. Y todos serán felices, millones y millones de criaturas’. Así habla el Gran Inquisidor; ¿nos atreveríamos a decir que no escuchamos ya esta voz?” (5).

Pero hoy, además, esa felicidad es sorda al clamor de los pueblos empobrecidos y cómplice de sus sufrimientos, impuestos bajo una nueva forma de desorden que consiste en la opresión del Norte geopolítico sobre el Sur. Los mejor intencionados de los europeos creen que la entrada de Turquía en Europa es un bien para ese país. En el fondo creen que en Europa está la salvación y se sienten orgullosos de su propia tolerancia y generosidad dejando entrar a un país que, de otro modo, permanecería en el caos del Tercer Mundo.

Este planteamiento ingenuo, coincidente con los intereses de la ampliación del mercado único en unos ochenta millones de consumidores más, no ayuda a desenmascarar la cruda realidad de la exclusión del resto del Tercer Mundo, condenado por:

·         un sistema comercial proteccionista y discriminatorio, que actúa a través de mecanismos perversos como las barreras arancelarias, que suponen un coste de 100.000 millones de dólares anuales a los países del Sur, o como las subvenciones a la exportación agrícola (3.000 millones de euros al año), que permite a Europa competir deslealmente en los mercados de los países pobres.

·         un sistema financiero usurero que hace pagar 56 millones de dólares diarios a los 52 países más pobres del mundo, o que en el África Subsahariana recauda 1,51 dólares de servicio de la deuda por cada dólar de ayuda al desarrollo.

·         Un sistema político democrático hacia el interior y autoritario e imperialista hacia el exterior.

Nuestras posiciones son otras:

·         Europa debe luchar por la promoción conjunta de todos los pueblos empobrecidos, de manera que no necesiten integrarse a Europa bajo la presión de la pobreza como medio para salir de ella.

·         Europa debe renunciar a un proceso de asimilación que, alimentado por el motor económico, puede derivar en nuevas formas de colonización.

·         Finalmente, una democracia real para Europa deberá asumir el desafío de promover una democracia mundial, en la que nuevos bloques de pueblos gestionen igualitariamente los asuntos de la humanidad.

Para lograrlo Mounier nos dirá que “un combate frontal debería desencadenarse, mediante su propio resurgimiento interior, por las democracias rejuvenecidas, revalorizadas, liberadas a la vez de la plutocracia y de la demagogia; en definitiva, democracias orgánicamente populares” (6). Es decir, se trata de volver al protagonismo político de los ciudadanos, de manera que la democracia, liberada del poder de los mercados, sea la instancia decisiva de la vida colectiva.

Lejos de esto, el Tratado (I-47.4) sólo admite que “un grupo de al menos un millón de ciudadanos de la Unión, que sean miembros de un número significativo de  Estados” (no se dice si 2 ó 20) puedan, como mucho, “invitar a la Comisión... a que presente una propuesta adecuada”, por tanto, no se garantiza en absoluto que la iniciativa popular llegue hasta el final.

 

3) Por una Europa al servicio de la paz y contra todas las hegemonías

Quien posee riquezas necesitará armas para defenderlas, decía San Francisco de Asís. Actualmente, Europa es una isla que acumula y ostenta una riqueza excesiva y excluyente en medio del océano de pobreza de la mayor parte de la humanidad que, automáticamente se convierte en enemiga potencial. Europa se siente insegura porque se sabe rica y, por ello el Tratado para la Constitución Europea (artículos 41 a 43) prepara un reforzamiento del militarismo. Tenemos los ejércitos nacionales, un cuerpo europeo de defensa y las fuerzas de la OTAN y, por desgracia, parecen pocos para la obsesión de seguridad de Europa.

En el mismo Tratado (III-131) se lleva al extremo la síntesis de mercantilismo y militarismo subyacentes a su filosofía de fondo, cuando manifiesta que deben adoptarse “las disposiciones necesarias para evitar que el funcionamiento del mercado interior se vea afectado por las medidas que un Estado miembro pueda verse obligado a adoptar en caso de graves disturbios internos que alteren el orden público, en caso de guerra, o de grave tensión internacional.... Es decir, lo primero y más importante es garantizar el mercado por encima de cualquier tragedia.

Frente a este militarismo obsesivo y a este mercantilismo fanático, apelamos a la capacidad de creatividad y superación que ha caracterizado al genio europeo y propugnamos que Europa haga una apuesta por la organización de una defensa basada en la no violencia y por el servicio a favor de la paz mundial, basada en la justicia y en el desarme internacional. Esto requiere la renuncia voluntaria a su propia hegemonía.

Mounier vio en las hegemonías internas que trataron de imponerse en el espacio europeo una enfermedad crónica de la que Europa tenía suficiente experiencia como para estar vacunada contra cualquier clase de hegemonía. Así, veía aparecer un peligro igual en las hegemonías exteriores enemigas de los Estados Unidos y la Unión Soviética, que pretendían proteger a Europa de las amenazas de su contraria. Europa sigue admitiendo la presencia norteamericana en su territorio y su liderazgo mundial. Por el contrario, la oposición de Mounier a la OTAN y a toda tutela externa fue explícita y su posición sigue siendo actual: resistir a toda hegemonía, incluso a la suya propia.

Dicho con sus palabras: “Rechazamos de nuestros designios sobre Europa toda clase de hegemonía, aunque nos fuera favorable, y con ella rechazamos la política de armamentos, las tácticas de cerco y la psicosis de creerse cercados, la hipocresía de las ‘amistades’ y las ‘protecciones’, la estandarización del odio y la concentración de poder” (7). Más aún, Mounier afirma que “el problema no es (…) levantar a Europa a un nivel hegemónico en que pudiera alcanzar en su terreno al poderío americano y al poderío soviético. Europa ha acabado con las tentaciones hegemónicas en su seno. Se ha agotado en ellas. En adelante sólo sobrevivirá situándose a la cabeza de una cruzada contra la hegemonía... deberá aleccionar a las nuevas potencias, con su propio ejemplo, sobre la incitación ruinosa de los imperialismos” (8).

Por ello, entendemos que Europa debe ser valiente y enfrentarse a la actual hegemonía Americana y a las que, sin duda, el futuro nos traerá.

 

Conclusión

La construcción de Europa se encuentra actualmente en tensión a causa de la escisión en dos movimientos que siguen ritmos diferentes, el de la economía y el de la cultura, mientras la política es un apéndice del primero. La economía se mueve a una velocidad de vértigo obsesionada por la extensión, la cultura se encuentra paralizada y confusa, incapaz de alcanzar profundidad. Mientras el pensamiento y el sentimiento no alcancen el protagonismo, Europa será un fantasma sin identidad ni voluntad, impotente víctima de su propia superficialidad y objeto de los intereses materiales, pero no de un entusiasmo generoso, para los pueblos que la integran.

El cambio de marcha requiere otra política decidida a imponerse a los intereses económicos y subordinarlos a la construcción de una verdadera comunidad humana. Por desgracia, entre los políticos actuales no hay personalidades de talla suficiente para protagonizar ese giro revolucionario.